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viernes, 20 de marzo de 2020

Teatro: ANDANZAS Y ENTREMESES DE JUAN RANA


He hablado en otras dos ocasiones de Ron Lalá al comentar tanto En un lugar del Quijote como Cervantina. En su nuevo espectáculo que se ha estado representando en el Teatro de la Comedia de Madrid hasta el pasado dia 8, han abandonado a Cervantes pero no el escenario del siglo XVI, en lo que, según sus propias palabras, es una  fiesta de piezas breves con música en directo, una reflexión sobre los límites del humor y un homenaje a una de las figuras  más singulares del panorama escénico  del Siglo de Oro y de todos los tiempos: el comediante Cosme Pérez, Juan Rana.

Su nombre real era Cosme Pérez (1593-1672) y fue uno de los grandes
comediantes (actores) de su época y el más importante gracioso de entremeses del siglo XVII. Comenzó su andadura como gracioso o figura de donaire en comedias de dramaturgos de la talla de Lope de Vega o Montalbán, y alcanzó una excelencia cómica tal que pronto se especializó -y casi se identificó- en un único personaje de entremeses: Juan Rana, reclamado por el público de todas las capas sociales y que le consagró como modelo indiscutible de comicidad. 

Su figura aparece a lo largo de más de medio centenar de entremeses conservados. En sus orígenes ostenta el cargo de alcalde de pueblo, pero poco a poco, por obra del artificio teatral, va adoptando profesiones que lo llevan a recorrer distintos estamentos sociales (médico, torero, ventero, soldado, poeta, hidalgo y un largo etcétera) e incluso, de la mano de Quiñones de Benavente o Calderón, el personaje llega a sublimarse en parodias de autos
sacramentales donde conversa con alegorías o se convierte en estatua triunfal de sí mismo, en homenaje merecido a los últimos años de su carrera.

Para Álvaro Tato, autor de la versión, Juan Rana es la memoria viva de la risa barroca, la quintaesencia de las paradojas artísticas, culturales y sociales que cristalizan en sonrisa, risa y carcajada sobre las tablas de los corrales de comedias y del Palacio del Buen Retiro. Prácticamente olvidado durante los últimos siglos, Juan Rana nos brinda una visión única del Siglo de Oro.



La Inquisición se reúne para un juicio secreto que puede cambiar el curso de la historia. 
El acusado: Juan Rana, el comediante más célebre del Siglo de Oro.
El delito: hacer reír al público de varias generaciones con su humor irreverente y burlesco donde toda la sociedad queda retratada.
Las pruebas: una selección de entremeses de los más grandes autores de la época (Calderón, Moreto y Quiñones de Benavente, entre otros) que le tuvieron como protagonista.
Las acusaciones: blasfemia, desacato, irreverencia, provocación, espíritu crítico, herejía…
Posible condena: la hoguera.

El montaje de Ron Lalá, investiga la vida, obra y andanzas de Cosme Pérez como actor y Juan Rana como personaje, entremezclando realidad y ficción y provocando una reflexión sobre la risa: sus límites, sus censuras y autocensuras y el papel de los comediantes de todas las épocas en la construcción de un discurso que cuestiona la moral, las costumbres y las ideas de cada tiempo. 

Todo esto está tratado con bastante ingenio, escrita en verso clásico, con una música fácil y pegadiza y representada con agilidad y buen hacer por los cinco miembros del grupo que se transforman en los distintos personajes. Eché en falta, no obstante ese grado de ingenio y frescura del primer espectáculo suyo al que asistí, En un lugar del Quijote, quizá porque el texto del que partían era superior. Y me choca el interés en remarcar la posibilidad de aplicar esos textos al momento actual, algo que no es atributo sólo de este montaje. No me parece necesario. El espectador debe poder y saber hacerlo por si solo.


He encontrado muy interesante la "Guia didactica" que sobre esta obra se puede encontrar en este enlace https://ronlala.com/wp-content/uploads/2020/02/GUIA-DIDACTICA-JUAN-RANA.pdf

Curiosamente se acaba de publicar un libro donde se novela la vida de María Inés Calderón, "La Calderona". El libro se llama Vida de una actriz y su autora es Elvira Menéndez, y al parecer ofrece no solo un retrato de la actriz sino un fresco de la vida teatral del Siglo de oro y en él aparece también Juan Rana. Puede ser un buen complemento para esta representación. 





jueves, 23 de enero de 2020

Teatro: DIVINAS PALABRAS


La CDN ha presentado en el María Guerrero un nuevo montaje de Divinas Palabras, la obra de Valle Inclán. Lo dirige José Carlos Plaza quien ya ha dirigido varias versiones de la obra, incluso la operística presentada en el Teatro Real en 1997.  

La obra se estrenó en 1933, quince años después de ser escrita. Después de la guerra tuvo que esperar hasta 1961 para su reposición en el Teatro Bellas Artes, con dirección de José Tamayo y Nati Mistral y Manuel Dicenta como protagonistas.  La obra se mantuvo muchos meses en cartel. Este montaje fue un éxito y forma parte de la historia del teatro español. Después numerosas versiones con diferentes directores, entre ellas la que en 2006 dirigió Gerardo Vera con la que se inauguró el teatro Valle Inclán en Madrid.Es una de las obras mas internacionales de su autor. Ha contado con numerosos montajes no solo en España sino tambien en el extranjero. Ingmar Bergman la dirigió en 1950.

En opinión de su director, Divinas palabras, es el exponente más moderno, el engranaje más perfecto en el que el teatro español alcanza su máximo nivel, hoy en día aún no superado.

"Lo trágico, lo dramático, lo cómico y lo grotesco se aúnan en esta tragicomedia donde es evidente la influencia de Goya y sus Pinturas negras, de los Disparates, de los horrores de la guerra. Y también evidente la influencia de Solana, Dalí y de toda una corriente española que llega hasta nuestros días –con Buñuel a la cabeza– en una auténtica sinfonía de colores, sonidos y sentimientos. Esta inigualable obra está habitada con imágenes ancestrales de muerte, fanatismo, ingenuidad, barbarismo, codicia, avaricia y lujuria. Pero, sobre todo, de esa enorme fuente esencial, siempre reprimida, siempre oculta, siempre condenada y tantas veces prohibida: la sexualidad en libertad. Con Divinas palabras estamos ante una de las dos o tres obras más universales de nuestra historia literaria. Una obra que no ha perdido en este siglo XXI ni un ápice de su poder corrosivo".



 Juana la Reina es una pobre mujer, madre de un hijo con hidrocefalia. Se gana la vida pidiendo limosna por los caminos llevando en una carreta al muchacho. Es hermana de Pedro Gailo, el sacristán de la Iglesia de San Clemente y de Marica del Reino. Pedro está casado con Mari Gaila y tienen una hija, Simoniña. Cuando Juana muere, el carretón y el muchacho son motivo de disputa entre los hermanos, ya que todos ven en esta triste herencia una forma de sacar beneficios mendigando por caminos y ferias. El alcalde decide finalmente que lo usen por turnos, y pretende así terminar la disputa. 

Tengo que decir que, personalmente, prefiero Luces de Bohemia a esta obra que, al menos en el montaje que comento, me parece que nos presenta una visión demasiado limitada de el gran cuadro de muerte, fanatismo y avaricia que describió su autor. Puede que contribuya a ello que se ambienta en una aldea gallega y en los caminos, tabernas y lugares cercanos a ella. Un ambiente, quizá, demasiado localista. La acción nunca abandona este círculo cerrado y, salvo Séptimo Miau, ningún personaje tiene contacto con el mundo exterior. Se ha considerado que nos presenta el enfrentamiento entre dos tipos de moral: la tradicional, cristiana, residente en la aldea y la amoralidad representada por los personajes de los caminos. Y que este es el tema central de la obra; el conflicto entre la religión y las fuerzas vitales.  Dos mundos que viven en paralelo hasta que confluyen en la figura de Mari Gaila y su adulterio.

Se ha escrito mucho sobre el significado del final de la obra, cuando tras pronunciar Pedro Gailo las palabras de Dios (Quien esté libre de pecado...) en castellano, las vuelve a pronunciar en latín. Pedro Gailo hace callar el tumulto con palabras que no entienden pero que tienen en sí mismas el poder de enajenación propio de un ritual mágico. Las palabras de Dios, divinas palabras, que no tuvieron ningún efecto dichas en castellano, tienen en latín el poder de las cosas rituales, la fuerza de provocar respeto y hasta miedo. Algo que Valle  utiliza con un cierto tono irónico. Según apuntan algunos estudiosos, atribuirle la fascinación que produce la magia y el engaño embaucador, es una feroz crítica a la manipulación de las voluntades por parte de los altos estamentos. Para Antonio Buero Vallejo las divinas palabras son redentoras, provocan una emoción solemne y salvadora. Para el director describe la constante manipulación de un pueblo adocenado, castrado por falsas creencias ancestrales, que les asustan y paraliza.

Me gustó la utilización del espacio escénico, con una escenografía e iluminación de Paco Leal que resuelve la pluralidad de espacios  que resuelve con aparente sencillez, pasando de un camino a un interior o de un interior a una feria, con elementos tan simples como expresivos. Lo que permite que la obra avance con continuidad y ritmo. También la utilización del sonido, música original de Mariano Díaz que acentúa ambientes y mucho sonido animal y aquel que proviene de la naturaleza: vientos, lluvias, olas, etc.

Lo que menos me atrajo fue la interpretación, en general. Demasiado gritada. Me sorprendió agradablemente, aunque recuerdo haberla visto en Señorita Julia hace ya algunos años, María Adanez como protagonista y me gustó especialmente Ana Marzoa, en un personaje secundario pero fundamental, al que dota de una interpretación pausada y tranquila que contrasta con la del resto del reparto. Parece que en la gira que continúan al finalizar en Madrid, el papel protagonista pasa a María Isasi.





lunes, 20 de enero de 2020

Teatro: REINAR DESPUÉS DE MORIR


Luis Vélez de Guevara es un dramaturgo y autor de novelas que vivió desde  1579 hasta 1644. Coincidió, por lo tanto, con Lope de Vega y Calderón de la Barca, sin que, pese a las más de 400 obras escritas y cerca de 100 conservadas, haya alcanzado su prestigio. Probablemente su obra mas recordada sea El diablo Cojuelo, y en teatro, Reinar después de morir.

El montaje que se presenta en el Teatro de la comedia de Madrid, es una coproducción entre la CNTC y la Companhia teatro de Almada. Se estrenó en Lisboa el pasado mes de octubre con actores portugueses y se representa ahora en Madrid con actores españoles, salvo el dia 27, lunes, en que se representará en portugués. Según Ignacio García que firma el diseño de la puesta en escena, es la mas portuguesa de las obras del Siglo de oro y la más española de las leyendas históricas portuguesas. La escenografía, el vestuario y la iluminación han sido diseñados por artistas portugueses. Se trata de una interesante colaboración con nuestros vecinos.

Inés de Castro era una noble gallega que se trasladó a la corte portuguesa como dama de compañía de su prima Constanza cuando ésta se prometió con Pedro I y que se convirtió en su amante. A la muerte de Constanza, el monarca Alfonso IV quiso que su hijo se casase con Blanca de Navarra para estrechar lazos entre los dos reinos. La desobediencia de Pedro acarreó la ruptura de las relaciones entre Portugal y Navarra. Cuando se casaron en secreto, en contra de los deseos del todavía rey, éste mandó matar a Inés. Dos años después, cuando Pedro llegó al trono tras la muerte de Alfonso IV, mandó exhumar el cadáver de Inés, la sentó en el trono, la hizo coronar y obligó a los cortesanos a que le rindieran honores.





La obra nos sitúa en el momento en que Blanca de Navarra llega a Portugal para casarse con el infante Don Pedro, matrimonio concertado por su padre. Como D. Pedro está ya casado con Inés, la única solución para salvar el acuerdo es la muerte de Inés.

No conocía la obra, aunque sí la leyenda. Me parece que la obra o al menos esta versión, no termina de centrarse. Se mueve entre la visión de la indecisión del Rey entre permitir los amores de su hijo con Inés o mantener la razón de estado. Esto da lugar a momentos muy atractivos como el dialógo entre Inés y Blanca de Navarra, pero en conjunto se mueve por terrenos poco definidos. Todo para llegar al emotivo final de la coronación de Inés.

La versión de López Antuñano de la obra  incide en la parte más política para enlazar la historia con el presente. Más allá de la anécdota romántica, expone cómo la razón de Estado se impone por encima del individuo. Habla de la libertad individual y el poder corrompido moralmente, que busca lo que es conveniente y no lo que es necesario. La injusticia se disfraza de argumento para defender el bien común,

Lo mas llamativo de esta puesta en escena es la escenografía, creada por José
Manuel Castanheira. Como se puede ver en la fotografía, se trata de una especie de pista de skate, por la que se desplazan los actores, que tienen que demostrar una notable agilidad para llegar a las ventanas y que parece ya se ha cobrado una victima en la protagonista, Carmen del Valle, que, lesionada, ha tenido que ser sustituida por Lara Grube. Esto provoca que el espectador esté casi más pendiente de las evoluciones de los personajes que de la trama.

Se trata , en cualquier caso, de un montaje notable, muy bien servido técnica e  interpretativamente bajo la dirección de Pepa Pedroche. Destacan sobre todo las dos actrices principales.

jueves, 2 de enero de 2020

Teatro: LOS HIJOS


En el Pavón Kamikaze he visto Los hijos de Luci Kirkwood, una autora inglesa de treinta y seis años que con su obra Chimerica que giraba en torno a la influencia de China y América en la política mundial, logró en 2013 el premio Oliver a la mejor revelación y otro premio a la mejor obra escrita por una mujer. Se trata de una autora y guionista británica muy reconocida en su país.

David Serrano dirige el montaje de una historia que, a raíz de la catástrofe medioambiental provocada por una central nuclear, nos habla de nuestra responsabilidad para con las generaciones venideras. Director y guionista de varias películas populares, ha dirigido también en los últimos años varios montajes teatrales, entre los que destaco, por haberlos visto, Lluvia constante, Buena gente y Los universos paralelos. 




Hazel (Susi Sánchez) y Robin (Joaquín Climent) son una pareja madura. Científicos nucleares, trabajaban en una central. Ahora, prejubilados, viven en una cabaña junto a la zona de exclusión. A pesar de que la electricidad está racionada y de que poseen un contador Geiger para medir cualquier signo de radiación, intentan mantener una apariencia de normalidad y se mantienen en contacto con Lauren, su hija mayor. Una tarde les visita Rose (Adriana Ozores), antigua amiga y compañera, a la que hace mucho tiempo que no veían. Su llegada, tras más de tres décadas de ausencia, trastoca los recuerdos, los sentimientos y el porvenir de estos tres amigos. Y, a la vez, el futuro de toda una generación que aún desconoce el destino al que se enfrentarán. 

Como se dice en la presentación de la obra, Los hijos llama nuestra atención sobre el futuro que llega desde un pasado que se acaba. Desde el pasado de la relación afectiva de tres amigos que trabajaron juntos toda su carrera y sobre el futuro de los millones de personas anónimas de una generación que se abre paso. Y entre el pasado de unos y el futuro de los otros, el presente del planeta como vínculo entre todos ellos. Con un tema de actualidad como es la responsabilidad que tiene el ser humano en el deterioro del planeta y lo que debemos hacer para ayudar a las generaciones venideras, la historia nos sitúa ante el compromiso con la sociedad, ante el pasado de unos y el futuro de otros que puede que nos señale como culpables de lo ocurrido.Un claro sentido ecologista muy adecuado a la reciente cumbre celebrada en Madrid.

La obra está bien construida. Quizá un poco demasiado convencional. Se puede situar en el "género" de visita inesperada. La llegada de alguien que rompe un equilibrio que se demuestra inestable. La aparición de Rose nos va desvelando la situación de la pareja sacudiendo su vida aparentemente ordenada. Todo mostrado con pequeños detalles y diálogos aparentemente banales, hasta que Rose nos descubre la razón de su llegada. Y los personajes se nos van definiendo a lo largo de la obra gracias, sobre todo, a las interpretaciones de los tres actores a los que no veía sobre un escenario desde hace dos años.

La escenografía de Mónica Boronello, bastante sencilla y funcional, y la iluminación de Juan Gómez Cornejo contribuyen a la eficacia de la propuesta.

Interesante y un tanto sobrecogedora.
  







domingo, 10 de noviembre de 2019

Teatro: ¿QUIÉN ES EL SEÑOR SCHMITT?

Despues de una gira por bastantes ciudades española, llega al Teatro Español de Madrid esta obra original del actor y autor francés Sebastien Thiéry, con dirección de Sergio Peris-Mencheta y producida por Barco Pirata, la misma productora que nos ofreció Lehman Trilogy.

Se trata de una obra que conecta con el llamado "teatro del absurdo", del que son representantes Ionescu, Beckett, Harold Pinter y el español Fernando Arrabal entre otros. Sobre lo que es este teatro ya hablé en mis comentarios sobre La cantante calva y El rinoceronte, ambas de Ionescu, así que no me voy a repetir. Sí decir que el título de la obra parece remitir a la pareja principal de La cantante calva. 

Dice el autor, que cuando la escribió era como su personaje, no sabía nada de lo que iba a pasar en la siguiente escena. No sabía quien es verdaderamente el Sr. Schmitt, quien querría ser o quien piensa en el fondo que es y que no lo supo hasta el final. Como el espectador. Lo que le interesa es plantear preguntas y dejar al público que busque las respuestas y darle sentido a la obra. Bueno...




El señor y la señora Carnero cenan tranquilamente en su casa, cuando de pronto suena el teléfono. Pero los Carnero no tienen teléfono. El misterioso interlocutor insiste en hablar con un tal señor Schmitt… Y lo que es más extraño aún, los Carnero descubren que están encerrados en el interior de una casa que no parece la suya: los cuadros han cambiado, los libros no son sus libros, la ropa de sus armarios no les pertenece… Un policía y un psiquiatra intentan determinar su identidad. 

El autor explora la frontera entre lo real y lo fantástico encerrando a sus personajes en una situación que parece un rompecabezas. Todo es ambivalencia, sospechas, incertidumbres, contradicciones en lo que parece ser una vulgar pareja burguesa. ¿Pesadilla, trastorno de personalidad, agotamiento, descontento con la realidad? Imposible encontrar una razón. El autor hace tal mezcla, trastorna al personaje de tal forma que es necesario olvidar la lógica. Lo que pasa es que hay que olvidarla tanto, que la obra carece de sentido, no por absurda sino por, en mi opinión, mal hilvanada, de forma que tras un principio muy interesante se va desinflando según va avanzando la representación hasta llegar a una parte final muy dura en la que, quizá, pasa algo inadvertida la intervención del hijo por el choque final. Esto se debe, principalmente, al cambio de dirección de la obra que pasa de comedia a intriga psicológica sin un giro que lo justifique. 

Puede que, en parte, sea culpa de la puesta en escena, desde la elección de actores, dos protagonistas populares, que llevan al público a reirse desde practicamente la primera frase hasta que no se entiende (ya sé, es teatro del absurdo) el cambio de postura de la mujer (la analogía de los salmones parece un tanto forzada) y la aparición del hijo.  Al final todo parece reducirse a una pregunta, ¿somos aquello que realmente somos o lo que aparentamos ser?

Los dos protagonistas, Javier Gutierrez y Cristina Castaño, interpretan con total eficacia sus personajes, pero están encaminados demasiado a reforzar los diálogos, muy ingeniosos en bastantes momentos, en busca de la risa fácil. El resto del reparto cumple adecuadamente, aunque siempre con inclinación hacia la caricatura.

Mención a la escenografía de Curt Allen Willmer con algunos cambios muy afortunados y bien resueltos. y una puesta en escena de Peris-Mencheta que, como ya he dicho, se inclina demasiado hacia la eficacia cómica en detrimento del conflicto interno de los personajes.

Si lo reducimos a una comedia agradable, un tanto loca, destinada a pasar el rato con un puñado de actores eficaces con un cierto trasfondo más psicológico, la obra cumple con creces las expectativas.








miércoles, 23 de octubre de 2019

Teatro: MADRE CORAJE Y SUS HIJOS


En su último montaje como director del Centro Dramatico NAcional, función que ha venido ejerciendo desde 2012, Ernesto Caballero nos ofrece una versión de la obra de Bertolt Bretch, Madre Coraje y sus hijos. Bretch es un autor que para Caballero representa una cumbre como dramaturgo, como poeta y como hombre de la escena, hasta declarar que el teatro tal y como ahora lo concebimos no se entiende sin su aportación. 


Brecht evolucionó buscando nuevas formas de expresión en las que el ambiente social fuera el condicionante de la acción y que le ayudara a criticar la moral burguesa; de esta manera junto con diferentes compositores y en especial Kurt Weill utilizó la música de manera no convencional: las agradables melodías de Weill y la letra durísima de Brecht tuvieron el objetivo de sorprender a la audiencia e incitarla a pensar. Todo esto llevó al autor al llamado teatro épico: se unen las historias populares con el planteamiento político. Se fusiona la dialéctica marxista con elementos estético-formales. El teatro épico, tal y como el dramaturgo alemán lo concibió, no tiene ninguna connotación de heroísmo o grandeza. Quería significar que el teatro no fuera excitante, con tensiones y conflictos. Prefería que fuese lento y reflexivo  para dar lugar a la meditación. Del teatro épico son sus mejores obras, entre ellas Madre Coraje y sus hijos, ejemplo de este planteamiento. Fue escrita en 1939, en su exilio en Suecia y estrenada en Zurich en 1941. Brecht la revisó y dirigió en 1949, con música de Paul Dessau.   

Bertolt Brecht escribió la obra en el exilio, siendo observador en la distancia de su país, Alemania, y del auge de Hitler. La obra pretendió ser un aviso a sus contemporáneos del peligro del nazismo y de la inminencia de una gran guerra. Es una obra contra el militarismo, pero sobre todo, contra el lucro de los poderosos en los enfrentamientos bélicos.

Brecht ambientó la trama de la obra en la Guerra de los Treinta Años, en el siglo XVII, cuyo paisaje fue el mismo en el que se desarrollaba, en el momento que se escribió la obra, la invasión de Polonia por el ejército alemán y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, auténtico objetivo de sus críticas y denuncias.


 La Guerra, que se inició como un conflicto entre protestantes y católicos, se prolongó hasta 1648 por los diferentes enfrentamientos político-económicos que tuvieron las potencias implicadas que aspiraban conseguir  la hegemonía de Europa. Sumergió a casi toda Europa en años de hambrunas y epidemias; el ejército se formó en gran parte por mercenarios; la disciplina militar apenas existía y los sistemas de avituallamiento eran muy precarios; los soldados arrasaban los campos y las poblaciones y cometían todo tipo de excesos con los habitantes. Era, por tanto, el escenario idóneo para el propósito  de su obra, denunciar los abusos de la guerra especialmente para los menos favorecidos y llamar la atención sobre la codicia del ser humano. 


Ana Fierling, Madre Coraje, es la dueña de un carro de venta ambulante que sigue a las tropas  consiguiendo así hacer negocio. Le ayudan sus tres hijos, Eilif, Caradequeso y Cattrin, que es muda. Ana no quiere que termine la guerra, pues de ella depende el sostenimiento de su pequeño comercio. Eilif y Caradequeso son reclutados y la mujer sigue su periplo con su hija. A medida que transcurren los años de contienda la situación se hace más difícil.

Las distintas versiones o montajes de esta obra acentúan o disminuyen algunas de las lecciones de Brecht: la Coraje es unas veces la hija del pueblo, víctima de la guerra, otras se exalta su condición de madre, algunas la figura equívoca de la especuladora. Esta versión transmite más la idea de una mujer con sentimientos, preocupada por su prole, con momentos de humanidad. Es una mujer dura, pero no codiciosa, una víctima mas de la guerra ante la que no tiene más remedio que resistir para sobrevivir. Contribuye a ello la interpretación de Blanca Portillo, que ve a su personaje como una  "madre coraza", aunque por dentro hay emocionalidad y miedo. Una mujer llena de contradicciones y cinismo. Enseña a sus hijos que la vida es puro sufrimiento. Anna pierde a sus hijos en una guerra que le da de comer, no ha querido –ni podido– abandonar el negocio y paga las consecuencias. Sin embargo, el sistema le obliga a proseguir su actividad mercantil. 

No sé si como consecuencia del respeto a los planteamientos brechtianos o por otras razones, lo que eché de menos en este montaje es emoción. Tan solo el momento de la inmolación de Cattrin me pareció conmovedor. 



El espacio escenográfico diseñado por Paco Azorín me pareció sencillo pero eficaz. Paco Azorín es colaborador habitual de Ernesto Caballero. En esta ocasión, además, se hace cargo de la iluminación de la obra junto al propio director del montaje. Ha concebido un espacio presidido por el carro de la Coraje que ofrece numerosas posibilidades al ser un artefacto transformable.  Ha partido del escenario vacío prolongandolo hacia la sala, con la única finalidad de estar más cerca del espectador. Y para sugerir la guerra han dispuesto sobre el suelo del escenario nueve zonas de rejilla metálica por las que pasa la luz, a modo de trincheras e incluso de tumbas, haciendo alusión a la desolación que deja la guerra tras su paso. Este elemento permite iluminar la escena, no desde los ángulos habituales, sino desde abajo, creando una luz de fuerte carácter expresionista. Lo que no me gustó es una gran pantalla de leds  al fondo del escenario, por la que pasan las acotaciones que el propio Brecht indica en el texto a principio de cada escena. Con este recurso, pretenden crear ese distanciamiento o extrañamiento con el que el autor quiere dificultar la identificación del espectador con los personajes. 



Tampoco el vestuario, de Gabriela Salaverri me convenció aunque va por los derroteros que ahora parecen de moda, una inspiración contemporánea sin remitir directamente a ninguna guerra en concreto, pero que recuerdan demasiado a ejércitos y vestimentas actuales. Cuestión de gustos, pero vería mejor a Anna con una vestimenta más tradicional y "femenina" y menos guerrillera.

Las canciones corresponden a la música compuesta por Paul Dessau para su estreno en el Berliner Ensemble en 1949. Luis Miguel Cobo, músico y compositor, habitual colaborador de Ernesto Caballero, ha trabajado en una actualización de la misma para el actual estreno basándose en las partituras originales. Brecht sostenía que no había obra teatral que no demandara música. La utilizó como otra forma de distanciamiento.

Comento, por último, la interpretación. Destaca sobre todo Blanca Portillo, tan brillante como suele ser habitual y que está muy bien acompañada. El conjunto es muy notable y, aunque no recojo aquí los nombres del resto de los once actores, si quiero señalar a Ángela Ibañez, actriz sorda de nacimiento que interpreta a la muda Cattrin. Y a Paula Iwasaki, que canta mejor que el resto, a la que ya destaqué en el montaje de La dama boba de Sanzol en la sala pequeña de la Comedia que vi este invierno.

Un montaje interesante y muy adecuado para acercarse al teatro de Bertolt Bretch.

jueves, 17 de octubre de 2019

Teatro: RICARDO III


En el Teatro Pavón Kamikaze se presenta esta obra de Shakespeare con  dirección de Miguel del Arco, sobre la adaptación suya y de Antonio Rojano, con Israel Elejalde como protagonista absoluto. A finales de 2014 pudimos ver otro montaje de esta obra. También era una adaptación, en este caso de José Sanchís Sinisterra con Juan Diego como protagonista, pero bastante mas fiel al original.
La obra fue escrita hacia 1592 y cierra la tetralogía que se completa con las tres partes de Enrique VI que narra la historia de la monarquía inglesa desde 1471 (muerte de Enrique VI) hasta 1485 (muerte de Ricardo III). El protagonista es dibujado como un asesino vil, deforme, ambicioso y corrupto, aunque parece que la realidad fue bastante distinta.





Ricardo, Duque de Gloucester, carece de principios. O más bien, tiene solo uno, tan deforme como su alma y su cuerpo: alcanzar y mantener el poder a cualquier costa. Víctimas de esta fijación mórbida, sin ningún tipo de arrepentimiento o piedad por su parte, serán sus dos hermanos mayores -rey y heredero natural al trono-, sus sobrinos, apenas unos niños, su esposa, su mejor aliado y cualquiera en la corte que no apoye su ambición.

El Ricardo que nos presenta Miguel del Arco en la figura de Israel Elejalde es una caricatura del poder. Un personaje que podría ser ridículo si no fuera que sus atrocidades no tienen ninguna gracia. Y carga las tintas en ese aspecto incorporando a la trama muchas referencias muy explicitas a la actualidad política, no solo pero si especialmente, la española. Lo malo es que en algunos casos esta incorporación deja atrás el humor ingenioso para caer en el brochazo y parece más propio de un teatro de variedades. Muchas de las referencias actuales están hechas con gracia e ingenio, otras no tanto. Por el escenario pasan desde Franco y su exhumación a las cacerias del Rey emérito, de Villarejo a las tesis plagiadas, los programas basura de Tv , los partidos políticos y sus principales representantes, algunos dirigentes internacionales empezando por Donald Trump... Se podría decir que no deja títere con cabeza.

En esa linea se realizan aquí varios cambios sobre la estructura original de la obra. Se encierra a un personaje por difundir rumores a la prensa,  se imaginan programas de telebasura que aúpan al poder al intrigante Ricardo con mentiras sobre su linaje y algún diálogo se transforma en entrevista para la prensa  cercana al poder.

Miguel del Arco y Antonio Rojano han adaptado la obra en una versión libre que potencia a los personajes secundarios y pone de manifiesto algo muy presente en el original: la comedia negra. Así Ricardo III se nos presenta plagado de envidias y manipulación, corrupción, luchas de poder, codicia, injusticia, fake news, engaños políticos, intereses partidistas… Lo que algunos consideran  un día normal en la vida pública de cualquier país en el siglo XXI.

Como recoge la nota de prensa del teatro, este Ricardo III lleva más lejos las convenciones teatrales que plantea el original, diseccionando su esencia con los ojos del presente para que los ecos de la tragedia resuenen hoy en día. Es un viaje a las cloacas del Estado que le toma al pulso al controvertido panorama actual, dominado por las fake news y Trump, los movimientos sociales, el Brexit, la memoria histórica, y la crispación y el populismo preelectorales, entre otros asuntos, para interpelar al espectador del presente. 

Miguel del Arco escribe en el dossier de la obra, “Ricardo intenta seducirnos con una mueca ensayada que parece la máscara de la comedia. Nos cuenta que la paz le aburre, que necesita vivir permanentemente en guerra, que quiere maquinar para acceder al poder, aunque no sepa qué hacer con él. Cada día en los informativos vemos ejemplos de tipos que harían pasar a Ricardo por un simple aficionado. Tipos que no son seductores, ni divertidos, pero que con toda seguridad desterraron la conciencia de sus países, ciudades, ayuntamientos. Que harían cualquier cosa por conseguir el poder tal y como hacen también todos los que rodean a Ricardo”.  

Estoy convencido de que la mayor parte de obras clásicas pueden tener una lectura que las relaciona con la actualidad. Y está bien que, en bastantes casos se adapten los textos para acercarlos y hacerlos mas asequibles al espectador de nuestros dias. Pero me parecen innecesarias las adaptaciones que ponen esto de manifiesto de manera tan clara como este Ricardo III. Incluso diría que es como tratar de tontos a los espectadores como si no pudieran darse cuenta por si mismo de los paralelismos. En cualquier caso me pareció mejor en la segunda mitad, cuando parece respetar más el original shakesperiano.

El montaje es sencillo, apenas un sillón de cuero en medio del escenario, y unos cortinajes que sirven de pantalla para las abundantes proyecciones. Y la utilización de un micrófono para diferenciar cuando se dirigen al público, lo que se llama romper la cuarta pared.




En la interpretación destaca Israel Elejalde, muy bien acompañado por los cuatro actores y dos actrices que componen el reparto desdoblando personajes en un alarde de ritmo y esfuerzo, aunque quizá excesivamente gritones en algunos momentos. Se trata de una nueva exhibición por parte de Elejalde de su capacidad como actor y de Del Arco como director de actores.



Merecen ser citados. Son Alvaro Báguena, Chema del Barco,Alejandro Jato, Verónica Ronda, Cristobal Suarez y Manuela Velasco. Recuerdo especialmente a Verónica Ronda que me sorprendió muy agradablemente en Ilusiones el año pasado en este mismo teatro. 



A pesar de las pegas expuestas, creo que es un espectáculo notable e interesante. En la representación a la que asistí el público aplaudió con ganas. 


jueves, 3 de octubre de 2019

Teatro: EL SIRVIENTE

Tengo un buen recuerdo de la película El sirviente. Dirigida por Joseph Losey en 1963, fue uno de los primeros estrenos en cines de arte y ensayo en España, bastantes años después de su producción. Protagonizada por Dirk Bogarde, James Fox y Sarah Miles. Y ese recuerdo me viene inevitablemente al ver la versión teatral que se ofrece en el Español de Madrid.

El autor de la obra es Robin Maugham, sobrino del dramaturgo y autor Somerset Maugham. Lo escribe a partir de su propio relato en 1948 y fue uno de sus trabajos más importantes y el que más fama le reportó. Su adaptación al cine la llevó a cabo el Premio Nobel Harold Pinter, si bien para la película el guion original de Pinter fue modificado. 

El montaje que se presenta en el Español corre a cargo de Mireia Gabilondo sobre una traducción de Alvaro del Amo. Está interpretado por Eusebio Poncela, Pablo Rivero, popular por Cuentamé como pasó, y Sandra Escacena a la que pudimos ver en Verónica, película por la que estuvo nominada a los Goya. También están Lisi Linder y Carles Francino.




El sirviente cuenta la relación entre Tony, un joven aristócrata, y Barret, el sirviente al que contrata. Tony necesita a Barret porque, después de sufrir experiencias traumáticas en la guerra y en África, solo quiere vivir cómodo y confortable. Y Barret encuentra en Tony el ideal de su concepción del servicio doméstico, una compleja mezcla entre servilismo y posesión. Una relación inquietante y perturbadora, con base en el poder, la sexualidad y la manipulación. Una ilustración de la dialéctica del siervo y el señor donde el mayordomo se apodera de la voluntad de su aristocrático amo estimulando y satisfaciendo sus más bajas pasiones. 

Como decía antes es muy difícil separar esta función de la pelicula de Losey. Es probable que, por esta razón, haya recibido críticas bastante negativas. Es evidente que la obra corresponde a otra época y que su desarrollo puede ser difícil de asumir con la visión actual, pero la verdad es que me pareció interesante y bastante bien construida. El montaje está llevado con buen ritmo, a pesar de que hay bastantes escenas para transmitirnos el paso del tiempo y por lo tanto, numerosas transiciones.  


Las críticas se han centrado, sobre todo, en la interpretación de Eusebio Poncela y la dirección de Mireia Gabilondo. Poncela siempre me ha parecido un actor estimable. Aquí da una imagen de Barret alejada de la visión de la película. En primer lugar por edad, mientras Bogarde estaba en los 40 cuando interpreó al personaje, Poncela anda por los 70. Es cierto que el teatro permite esas convenciones mejor que el cine, pero se hace dificil aceptar la relación entre Barret y una joven de 17 años. Por otra parte su interpretación nos da un Barret un tanto amanerado pero sin la procacidad, la perversidad y la chulería de Bogarde. Parece que busca más la complicidad y la risa del publico que la tensión de la relación. Más cómico que trágico. Algo que, a la vista de la sesión a la que asistí y lo que leo en las críticas, consigue, aunque yo no lo comparto plenamente.

La dirección peca de lo mismo. Le falta tensión. Y no termina de ayudar la escenografía, un espacio demasiado grande y algo confuso. Demasiados cambios de posición de las piezas de un sillón polivalente que lo mismo hace de sillón que de cama sin delimitar bien si estamos en el dormitorio, el salón o la cocina. Si acierta en el juego de las cortinas que tapan inicialmente las paredes y el suelo y van desapareciendo en las transiciones para transmitirnos el buen gusto de Barret en la transformación de la casa. Y me pareció afortunada la música de Fernando Velazquez que transmite mejor la tensión de lo que va ocurriendo.

Ya he hablado de Eusebio Poncela. Del resto de los actores, Pablo Rivero me sorprendió agradablemente, Sandra Escacena está simplemente correcta sin la procacidad y la malicia que transmitía Sarah Miles en la película en sus dos personajes. Quizá le falta experiencia, ya que creo que es su debut en el escenario. Lisi Linder y Carles Francino cumplen en dos personajes secundarios con poco desarrollo y función utilitaria para la historia.

En general la obra me interesó pero salí con sensación de insatisfacción ante lo visto.



jueves, 5 de septiembre de 2019

Teatro: PARQUE LEZAMA


Adaptada y dirigida por Juan José Campanella, director de películas tan populares como El hijo de la novia, El secreto de sus ojos y la reciente, El cuento de las comadrejas se presenta esta comedia del norteamericano Herb Gardner. Un  autor de comedias con personajes excéntricos, por lo general identificados con el espíritu neoyorquino, que mezclaban ingenio y atractivo personal. Su comedia más conocida es Mil payasos cuya versión cinematográfica obtuvo cuatro nominaciones a los Óscar. El título original de esta comedia es Yo no soy Rappaport. Se estrenó en Broadway en los 80 y ganó un premio Tony. En el original sus personajes principales son un negro y un blanco. Fue llevada al cine con Walter Matthau y Ossie Davis y dirigida por el autor. Pasó inadvertida.





La comedia cuenta el encuentro y la improbable amistad de un histórico militante del partido Comunista y un eterno seguidor del «no te metas». Sus charlas llenas de sonrisas, ternura y emoción, y los conflictos con personajes del parque y sus propias familias, abordan la soledad en la tercera edad, las relaciones familiares, el amor, las urgencias sentimentales, los ideales y la desilusión…

La obra nos presenta a través de dos personajes entrañables, dos formas de vivir la vida, el siempre vigente conflicto rebelión contra conformismo. Encontramos un personaje que aún confía en cambiar las cosas frente a otro que prefiere permanecer invisible, un inconformista y rebelde frente a un acomodaticio que prefiere pasar inadvertido. Un viejo que cuenta aventuras disparatadas sobre su existencia, dice haber sido militante comunista y agente secreto, que quiere arreglar el mundo combatiendo, como un moderno Quijote, las injusticias y los jóvenes delincuentes y defender a las mujeres del acoso del mundo actual. Al otro su temperamento le lleva  a no meterse en asuntos delicados y su preocupación principal es que la pérdida de la vista lo amenaza con quedarse sin trabajo en un edificio donde hace arreglos. Las discusiones entre ambos  y, sobre todo, las dificultades en que el primero de ellos mete al segundo, provocan situaciones divertidas y tiernas, apoyadas sobre todo en las interpretaciones de Luis Brandoni y Eduardo Blanco. 

Dice Campanella que el humor y la ternura de estos personajes, en conflicto consigo mismos, despertaron su interés y el deseo de trasladarla del Central Park de Nueva York a Parque Lezama, en Buenos Aires. Y que la obra se convirtió en la principal influencia en muchas de sus películas.

Lo cierto es que la obra se apoya fundamentalmente en sus dos actores principales, que se nos muestran tan entrañables como sus personajes. Pero sus conflictos con el resto de personajes son presentados de forma amable y superficial, muy adecuada para un público que no quiere sentirse incómodo con lo que presencia. Domina el humor sobre el conflicto. Y, en mi opinión, varias situaciones se alargan demasiado. En su adaptación Campanella ha tratado de desplazar lo que para mi es el aspecto social de lo que se plantea, a un ámbito más político con las menciones al pasado comunista de un personaje y la inclusión de la "Internacional" como fondo musical. De acuerdo en que todo lo social es político, pero creo que es innecesario este subrayado. 

En la representación a la que asistí, el publico, puesto en pie, ovacionó durante minutos a los actores. Luis Brandoni y Eduardo Blanco están muy por encima de la calidad del texto. También merece ser destacada la puesta en escena, sobre todo la iluminación que nos marca el paso del tiempo. Les auguro una larga temporada de éxito.



sábado, 13 de julio de 2019

Teatro: LEHMAN TRILOGY


Estuve dudando la temporada pasada si ir a ver este montaje. Tres horas de duración, un tema, en principio, poco atractivo... Cuando finalmente me decidí, a la vista de las buenas críticas, ya no había entradas. Esta primavera se representó en el Mira de Pozuelo, pero con lo difícil que es conseguir entradas aquí, tampoco pude verla. Finalmente he podido aprovechar la reposición en una sala de los Teatros del Canal y, realmente, es un espectáculo que vale la pena.

El responsable del montaje es Sergio Peris-Mencheta. Además de verle actuar en Julio Cesar, Enrique VIII y la cisma de Inglaterra  y Lluvia constante, he visto varios montajes suyos, faceta en la que parece es donde más destaca. Recuerdo La cocina en el Valle Inclán la temporada pasada, Continuidad de los parques y Un trozo invisible de este mundo. Actualmenmte es Director artistico de la productora Barco Pirata en la que ha desarrollado varios de los montajes antes mencionados

El autor es Stefano Massini actual director artístico del prestigioso Piccolo teatro de Milán. Este es su mayor éxito hasta el momento. En su versión original dura hasta cinco horas.






La obra cuenta la historia de 3 generaciones de la familia Lehman desde que Henry Lehman, hijo mayor de un comerciante judío de ganado, sale de Baviera en 1844 y llega a EEUU en busca del sueño americano y una vida mejor, hasta la caída de Lehman Brothers, unos de los mayores bancos de inversión en 2008, que desencadenó la peor crisis financiera en el mundo de la que aún sufrimos sus consecuencias.

Mas de 120 personajes desfilan delante de nuestros ojos de la mano de seis músicos actores narrando, a través del humor y del relato, las diferentes etapas de la construcción y deriva del capitalismo moderno cuya historia recorre
reflexionando sobre el poder destructor del dinero y la deshumanización que han sufrido las instituciones económicas y políticas desbordadas por la loca carrera en busca del beneficio.

La representación se hace un poco larga. Está dividida en tres partes y en mi opinión, todas ellas aunque especialmente la primera podrían reducirse un poco. No obstante la espectacularidad del montaje, su ritmo y la variedad de situaciones y personajes  interpretados por tan solo seis actores hacen que el conjunto no pese. Es cierto que la obra no responde a lo que para mi es la esencia del teatro, pero la verdad es que el conjunto vale la pena.

Los actores son experimentados; Victor Clavijo, Pepe Lorente, Darío Paso, Aitor Bertrán, Leo Rivera y Litus Ruiz ( este también es director musical), que interpretan a diferentes miembros de la familia Lehman y a infinidad de personajes más. Interpretan, cantan, tocan instrumentos... Muy buenos. Mención especial merece la escenografía de Curt Allen Wilmer, extraordinaria, y la iluminación de Juan Gómez Cornejo.

Un espectáculo muy recomendable.


jueves, 23 de mayo de 2019

Teatro: LA HIJA DEL AIRE




En un montaje dirigido por Mario Gas, la CNTC presenta en el Teatro de la Comedia una versión de la obra de Calderón La hija del aire.

La obra está inspirada en el mito de Semiramis, la reina de Asiria y fundadora de Babilonia. Calderón  concentra la acción sobre ella, portadora de un
destino adverso que tiene su origen en su nacimiento: su madre, una ninfa de Diana, fue violada por un protegido de Venus y la rivalidad entre las dos diosas  condiciona el destino de Semíramis. Mientras Diana envía a las fieras para matar a la recién nacida, Venus manda a las aves a defenderla. La alimentarán –hija del aire– a cambio de que nadie pueda contemplar su prodigiosa hermosura.
Semíramis, como Segismundo, es un personaje calderoniano encerrado desde su nacimiento para evitar su  destino. Bajo ese motivo subyace el problema teológico de la predestinación que tanto preocupó a la Iglesia de la época. Ligado a él aparece otro tema: los oráculos que, en el caso de La hija del aire, se cumplen en todos sus términos y, aunque esto parece negar el libre albedrío, lo cierto es que Semíramis puede elegir en cada momento lo que quiere hacer si bien lo hace dominada por su ambición. 
Pero no solo se enfrentan el libre albedrío humano y el destino sino que, en el encierro de Semíramis en la gruta, también se presenta el problema de la legitimidad de la violencia ejercida sobre un individuo para evitar los males que su presencia pueda producir a la sociedad. Cuando llegue esa libertad la violencia que se quería evitar inundará la obra. Un último tema será 
el de la relación de los gobernantes con el poder, concretado en la legitimidad de su origen y en la manera de ejercerlo. Calderón, que cree, como toda la sociedad barroca, en el origen divino de la monarquía y, por ello, en la obligación del rey de obrar justamente, presenta el conflicto de los súbditos de una reina que ha usurpado los derechos del legítimo heredero al trono.

Obra muy compleja, inicialmente concebida en dos partes claramente diferenciadas, objeto en numerosas ocasiones de representaciones separadas, aunque aquí es presentada como unidad. 



La versión que se presenta es una adaptación libre de la obra original de Calderón cuyas claves fundamentales son la radical reducción de la extensión de la obra, que en el siglo XVII se representaba en dos días, y la reescritura del texto original que lo simplifica y que modifica casi por completo la métrica y retórica calderonianas. Un trabajo que ha llevado a cabo el poeta Benjamín Prado. No puedo juzgar si, como algunos críticos han señalado, la versión de Prado traiciona el lenguaje de Calderón, perdiendo su retórica, y haciendo parecer la rima casi una obligación a despachar del modo más liviano posible. Lo que si puedo decir es que es una versión que llega perfectamente a un espectador actual y que su contenido se entiende sin problema, además de que al haber quedado su duración en dos horas y media escasas es perfectamente asumible, lo que no es poco.




Lo que más destacaría del montaje es su escenografía, obra de Ezio Frigerio, que en colaboración con Riccardo Massironi ha realizado una escenografía bella inspirada en un fragmento de bajorrelieve procedente de la antigua Babilonia, que ocupa todo el foro, reproduciendo la cueva y sirviendo también de decorado para el resto de la obra. Un espacio evocativo y neutro que se va desvelando poco a poco y cobrando vida a través de la luz y las proyecciones, recreando
los oscuros ambientes previstos por el autor. Fiammetta Baldiserri es la responsable de la iluminación, complemento indispensable en esta escenografía, así como las proyecciones de Alvaro Luna.

 No me convenció tanto el vestuario creado por Franca Squarciapino que remite formalmente a eventos y hechos modernos, quizá más comprensible que las  vestimentas de una época de la ignoramos casi todo, pero un tanto anacrónicas, como también lo son algunos de los efectos sonoros utilizados por Orestes Gas, autor de la música y el espacio sonoro (multitudes, caballos, sonidos de guerra…) En conjunto hay que decir que el montaje hace una excelente utilización de los recursos escénicos puestos a su disposición.

Mario Gas es un nombre importante en la escena española actual. Ha tenido notables éxitos como Follies, Incendios y Calígula y otros montajes que no me han llegado tanto. Es el caso del que comento. Ni la interpretación ni el tono me han convencido, sí en cambio el ritmo y agilidad con que se desarrolla la acción.

 Marta Poveda es Semíramis, el personaje central. La hemos visto recientemente en El idiota, donde me gustó mucho. Es una actriz de voz muy personal e indudable calidad, que domina la expresión corporal, pero aquí le falla, a mi parecer, la dicción del verso, que en algunos momentos no conseguí entender. Destaca, en cualquier caso, sobre el resto del reparto, que se queda en correcto, como mucho, lo que por otro lado sorprende ya que varios de los intérpretes han brillado a alto nivel en otras ocasiones. Recuerdo a José Luis Alcobendas en varias obras y a José Luis Torrijo en Blackbird.

En cualquier caso se trata de un montaje digno de verse, siempre que no se haga desde una planteamiento purista de respeto a los clásicos.







miércoles, 24 de abril de 2019

Teatro: MRS.DALLOWAY




La Sra. Dalloway es una novela de Virginia Woolf publicada en 1925. Aunque es su cuarta novela es la primera que se considera completamente experimental y posiblemente la más conocida, en parte por la novela de Michael Cunningham, Las horas, y la película del mismo nombre de Stephen Daldry (2002). Aunque la acción trascurre en un solo día, Woolf se mueve hacia atrás y adelante en el tiempo, y dentro y fuera de la mente de varios personajes, usando la perspectiva interior de la novela para construir una imagen completa, no sólo de la vida de su protagonista, sino de la estructura social de entreguerras.

La señora Dalloway relata un día corriente en la vida de Clarissa Dalloway, una dama casada con un diputado conservador y madre de una adolescente. La historia comienza una soleada mañana de junio de 1923, con un paseo de Clarissa por el centro de Londres, gran escenario de la novela, y termina esa misma noche, cuando comienzan a retirarse de casa de los Dalloway los invitados a su fiesta. Aunque en el curso del día sucede un hecho trágico, el suicidio de un joven que vuelve de la guerra, lo notable de la historia no es ese episodio, ni los pequeños sucesos y recuerdos que la componen, sino que toda ella esté narrada desde la conciencia de los personajes y del análisis de todo lo que pasa por sus mentes antes de actuar”. Esta es la sinopsis de la novela que ofrece una de sus ediciones en español.

El teatro Español de Madrid presenta una adaptación de la novela a la escena llevada a cabo por Anna María Ricart, Michael De Cock y Carme Portaceli, responsable esta última de la puesta en escena. No conozco la novela, pero por lo que leo parece que son muchos los cambios en relación a la trama original, tanto en cuanto al tiempo en que trascurre la acción, traída a la época actual, como a sus personajes, llevando a cabo una actualización que no parece beneficiar a la adaptación.

Es curioso que las tres últimas obras (cuatro con esta) que he visto en el teatro sean adaptaciones de novelas. Da la sensación de que a falta de obras dramáticas originales hubiera que recurrir a otro género literario. O, a lo mejor, es casualidad.




Clarissa Dalloway sale de una depresión y decide preparar una fiesta para reencontrar a toda su gente, no solo para reencontrarlos ella, sino para que
se reencuentren entre ellos. Allí aparecen Peter y Sally, unidos por el rechazo de Clarissa en su juventud, Elisabeth y Doris, la hija y su amante, Angélica, una escritora abatida por la enfermedad mental, cuyos diálogos con su esposo, Max, y el psiquiatra doctor Bradshaw parecen evocar la figura de la autora y su trágico final. 

Ocho personajes cuya presencia sobre el escenario no está convenientemente estructurada, no hay tensión dramática entre ellos. 

Clarissa Dalloway es la “perfecta dama de sociedad” una mujer de mediana edad que da las mejores fiestas de Londres y vemos su vida en un día, lo que pudo ser, lo que no fue, el por qué estar en un sitio y no en otro… Es un personaje interesante, pero parece sacado de contexto. Su relación con Peter y Sally, los dos amores de juventud, y con Elisabeth, su hija lesbiana, me parecen faltas de conflicto dramático. Aunque la relación entre Elisabeth y Doris por un lado y con Clarissa por otro nos muestran la duda interna del personaje entre ser acomodaticia como su madre o lanzarse a la aventura con Doris, lo encuentro falto de intensidad.

Quizá el personaje mas atractivo de la función sea Angélica, un personaje que no existe en la novela y que es una fusión entre Septimus, un soldado de clase baja que volvía de la Gran Guerra enloquecido por el combate en la novela  y Virginia Woolf. Pero su relación con Max, su marido, y el Doctor tampoco resulta convincente, ni tampoco se entiende su presencia en la historia en relación con la anfitriona. 

Creo que es un error traer la obra a nuestros días. Da la sensación de que el personaje central está desclasado. Es más propio del momento en que se escribió la novela, tras la Gran guerra, con una clase social un tanto ociosa, más pendiente de su pasado, que no volverá, que del futuro. La actualización se nos muestra con la innecesaria inclusión de teléfonos móviles y dos números rockeros en directo y con la ya no conflictiva relación entre Elisabeth y Doris que pueden amarse libremente. 


Me gustó la escenografía de Ana Alcubierre  con un gran cortinaje que se desplaza. Un único paisaje cambiante. Y las proyecciones ambientales de Miguel Ángel Raió.

La interpretación me pareció un tanto desigual. Blanca Portillo como Clarissa se nos muestra como la buena actriz que es, con algunos momentos muy notables. Del resto destaco especialmente a Gabriela Flores, Angélica, que disfruta del mejor personaje y Manolo Solo, al que solo había visto en cine. Varios de ellos muestran sus habilidades en los dos números musicales en directo.


Tengo el recuerdo de la película Las horas que antes mencionaba. Creo que me aproximó bastante más al mundo de Virginia Woolf que esta representación.