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jueves, 23 de mayo de 2019

Teatro: LA HIJA DEL AIRE




En un montaje dirigido por Mario Gas, la CNTC presenta en el Teatro de la Comedia una versión de la obra de Calderón La hija del aire.

La obra está inspirada en el mito de Semiramis, la reina de Asiria y fundadora de Babilonia. Calderón  concentra la acción sobre ella, portadora de un
destino adverso que tiene su origen en su nacimiento: su madre, una ninfa de Diana, fue violada por un protegido de Venus y la rivalidad entre las dos diosas  condiciona el destino de Semíramis. Mientras Diana envía a las fieras para matar a la recién nacida, Venus manda a las aves a defenderla. La alimentarán –hija del aire– a cambio de que nadie pueda contemplar su prodigiosa hermosura.
Semíramis, como Segismundo, es un personaje calderoniano encerrado desde su nacimiento para evitar su  destino. Bajo ese motivo subyace el problema teológico de la predestinación que tanto preocupó a la Iglesia de la época. Ligado a él aparece otro tema: los oráculos que, en el caso de La hija del aire, se cumplen en todos sus términos y, aunque esto parece negar el libre albedrío, lo cierto es que Semíramis puede elegir en cada momento lo que quiere hacer si bien lo hace dominada por su ambición. 
Pero no solo se enfrentan el libre albedrío humano y el destino sino que, en el encierro de Semíramis en la gruta, también se presenta el problema de la legitimidad de la violencia ejercida sobre un individuo para evitar los males que su presencia pueda producir a la sociedad. Cuando llegue esa libertad la violencia que se quería evitar inundará la obra. Un último tema será 
el de la relación de los gobernantes con el poder, concretado en la legitimidad de su origen y en la manera de ejercerlo. Calderón, que cree, como toda la sociedad barroca, en el origen divino de la monarquía y, por ello, en la obligación del rey de obrar justamente, presenta el conflicto de los súbditos de una reina que ha usurpado los derechos del legítimo heredero al trono.

Obra muy compleja, inicialmente concebida en dos partes claramente diferenciadas, objeto en numerosas ocasiones de representaciones separadas, aunque aquí es presentada como unidad. 



La versión que se presenta es una adaptación libre de la obra original de Calderón cuyas claves fundamentales son la radical reducción de la extensión de la obra, que en el siglo XVII se representaba en dos días, y la reescritura del texto original que lo simplifica y que modifica casi por completo la métrica y retórica calderonianas. Un trabajo que ha llevado a cabo el poeta Benjamín Prado. No puedo juzgar si, como algunos críticos han señalado, la versión de Prado traiciona el lenguaje de Calderón, perdiendo su retórica, y haciendo parecer la rima casi una obligación a despachar del modo más liviano posible. Lo que si puedo decir es que es una versión que llega perfectamente a un espectador actual y que su contenido se entiende sin problema, además de que al haber quedado su duración en dos horas y media escasas es perfectamente asumible, lo que no es poco.




Lo que más destacaría del montaje es su escenografía, obra de Ezio Frigerio, que en colaboración con Riccardo Massironi ha realizado una escenografía bella inspirada en un fragmento de bajorrelieve procedente de la antigua Babilonia, que ocupa todo el foro, reproduciendo la cueva y sirviendo también de decorado para el resto de la obra. Un espacio evocativo y neutro que se va desvelando poco a poco y cobrando vida a través de la luz y las proyecciones, recreando
los oscuros ambientes previstos por el autor. Fiammetta Baldiserri es la responsable de la iluminación, complemento indispensable en esta escenografía, así como las proyecciones de Alvaro Luna.

 No me convenció tanto el vestuario creado por Franca Squarciapino que remite formalmente a eventos y hechos modernos, quizá más comprensible que las  vestimentas de una época de la ignoramos casi todo, pero un tanto anacrónicas, como también lo son algunos de los efectos sonoros utilizados por Orestes Gas, autor de la música y el espacio sonoro (multitudes, caballos, sonidos de guerra…) En conjunto hay que decir que el montaje hace una excelente utilización de los recursos escénicos puestos a su disposición.

Mario Gas es un nombre importante en la escena española actual. Ha tenido notables éxitos como Follies, Incendios y Calígula y otros montajes que no me han llegado tanto. Es el caso del que comento. Ni la interpretación ni el tono me han convencido, sí en cambio el ritmo y agilidad con que se desarrolla la acción.

 Marta Poveda es Semíramis, el personaje central. La hemos visto recientemente en El idiota, donde me gustó mucho. Es una actriz de voz muy personal e indudable calidad, que domina la expresión corporal, pero aquí le falla, a mi parecer, la dicción del verso, que en algunos momentos no conseguí entender. Destaca, en cualquier caso, sobre el resto del reparto, que se queda en correcto, como mucho, lo que por otro lado sorprende ya que varios de los intérpretes han brillado a alto nivel en otras ocasiones. Recuerdo a José Luis Alcobendas en varias obras y a José Luis Torrijo en Blackbird.

En cualquier caso se trata de un montaje digno de verse, siempre que no se haga desde una planteamiento purista de respeto a los clásicos.







domingo, 9 de diciembre de 2018

Teatro: CALÍGULA


Escrita por Albert Camus en 1939, publicada en 1944 y estrenada en 1945 tras varias revisiones, Calígula pertenece a la que su autor llamó "Ciclo del absurdo", al que también pertenece su novela El extranjero.

En España ha sido objeto de varias versiones. José Tamayo la presentó en el Festival de Mérida en 1963 con José María Rodero como protagonista. Imanol Arias en 1990 y Luis Merlo en 1994 también dieron vida teatral al emperador romano. La versión que llega ahora al María Guerrero fue presentada en Mérida el año pasado y está dirigida por Mario Gas, con Pablo Derqui como Calígula.




El autor, en 1957, resumía así su obra: "Calígula, hasta entonces príncipe relativamente amable, se da cuenta cuando muere Drusila, su hermana y su amante, de que "los hombres mueren y no son felices". Desde entonces, obsesionado con la búsqueda de lo absoluto, envenenado de desprecio y horror, intenta ejercer, a través del asesinato y la perversión sistemática de todos los valores, una libertad que finalmente descubre que no es buena. Rechaza la amistad y el amor, la solidaridad humana sencilla, el bien y el mal. Toma la palabra a los que le rodean, les empuja hacia la lógica, nivela todo lo que está a su alrededor por la fuerza de su negativa y por la furia de la destrucción que conduce su pasión por la vida.

Pero, suponiendo que la verdad sea rebelarse contra el destino, su error consiste en negar a los hombres. No se puede destruir todo sin destruirse a sí mismo. Por eso Calígula desaloja a todos los que le rodean y, fiel a su lógica, hace lo necesario para armar a aquéllos que finalmente lo asesinarán. Calígula es la historia de un suicidio superior. Es la historia del más humano y más trágico de los errores. Infiel a los seres humanos debido a la excesiva lealtad a uno mismo, Calígula consiente en morir después de darse cuenta de que no se puede salvar solo y que nadie puede ser libre si es en contra de otros."

Para Mario Gas este Calígula no es solo el retrato de un tirano y un déspota. "Es evidente que es la encarnación de un poder químicamente malo, pero no es un déspota en sí mismo. Es el reflejo de la sociedad que le rodea. Lo fácil es decir que Calígula era un loco o un esquizofrénico. Lo que late debajo de este personaje es un estado de ánimo profundo, una melancolía que le lleva a reconocer su equivocación absoluta”.  Calígula recoge todo el compromiso y la especulación sobre el poder, la caducidad del amor, la corrupción y las castas, la insatisfacción humana y la reflexión sobre el existencialismo que invade la literatura de Albert Camus. 


No es una crónica histórica, sino un exhaustivo recorrido en torno a la reflexión de la existencia. El propio Camus sugirió en sus acotaciones que no aparecieran tocas romanas y que la obra se pudiera representar bajo cualquier contexto histórico, excepto con el Imperio Romano. Asi se despega de los hechos reales para establecer un arquetipo de una actitud existencial, vital y torcida muy determinada. 

La obra me pareció muy interesante, aunque como comentó Marcos Ordoñez tras su presentación en Mérida, hay dos tipos de personajes: los fuertes, que plantan cara dialécticamente al emperador, y los débiles, que se limitan a padecerlo. Quereas, Helicón, Escipión y Cesonia son los fuertes y están bien servidos por Borja Espinosa, Xavier Ripoll, Bernat Quintana y Mónica Lopez. El resto parece de relleno y sus intérpretes poco pueden representar. Mención especial para Pablo Derqui como Calígula. He hablado de él en alguna ocasión. Fue Enrique IV en la serie de TVE Isabel, y destacó en el montaje teatral de Desde Berlín, tributo a Lou Reed. Aquí está extraordinario.








El montaje que nos presenta Mario Gas es sencillo. Una hermosa plataforma inclinada, inspirada en un edificio de la época fascista italiana, es el marco donde se desarrolla la representación. No me terminaron de gustar los pasajes de danza donde Gas nos presenta a un Calígula a lo David Bowie secundado por Joker y la Máscara, aunque están bien resueltos y bailados.

Un muy notable espectáculo sobre un texto difícil.




jueves, 3 de mayo de 2018

Teatro: EL CONCIERTO DE SAN OVIDIO


Aunque con algo de retraso, el CDN ha querido rendir homenaje a Antonio Buero Vallejo en el centenario de su nacimiento. Para ello ha programado El concierto de San Ovidio, una obra estrenada en 1962, cuando su teatro se estrena ya
en el extranjero y empieza a ser reconocido tanto en Europa como en España, donde se había convertido en uno de los más valorados autores teatrales hasta ser considerado el más importante de la segunda mitad del siglo XX. Se estrenó en el Teatro Goya de Madrid en noviembre de ese año, dirigida por José Osuna y con José María Rodero y Luisa Sala como protagonistas. El responsable de este montaje es Mario Gas. Entre sus últimos trabajos de teatro cabe destacar Incendios, de Wajdi Mouawad, Sócrates, de Gas y A. Iglesias, Invernadero, de Harold Pinter, y Muerte de un viajante, de Arthur Miller




Desarrollada en un hospicio del París de 1771,  Valindin, un negociante, consigue que la monja que regenta la institución permita que, a cambio de doscientas libras, seis mendigos ciegos que allí se acogen puedan tocar instrumentos musicales en la inminente fiesta de San Ovidio. Al contrario de lo que los pobres ciegos se piensan, Valindin no es su salvador, sino que lo único que busca es aprovecharse de su condición de ciegos para ridiculizarlos y sacar beneficio económico de la situación. Ésta se complica cuando uno de los ciegos y la mujer que vive con Valindin se enamoran.

El concierto de San Ovidio viene a replantear el tema de la ceguera, que ya había tratado, si bien en circunstancias distintas, En la ardiente oscuridad

Esta obra pone de manifiesto su dominio de la construcción dramática, su fuerza simbólica, su compromiso social y su hondura moral. El autor calificó de parábola esta obra que situó en el París de 1771 y que se inspira en algunos personajes y referencias históricos. En efecto, uno de los personajes es Valentín Haüy quien reprueba la burla y se enfrenta con Valindin, sin éxito. Haüy  fue una persona real y es cierto que un episodio como el que se cuenta en la obra le
decidió a trabajar en favor de la educación de los ciegos. En 1771, presenció una representación interpretada por niños ciegos con ocasión de la Feria de San Ovidio en la plaza de la Concordia de París (por entonces, plaza Luis XV). Quedó tan dolido por la actitud burlona del público que decidió fundar una escuela para ciegos.  Su gran idea fue el modo de hacer leer a los ciegos mediante caracteres especiales en lo que sería la génesis del sistema Braille. 

La historia de los músicos ciegos explotados y convertidos en ridículos personajes por un empresario sin escrúpulos constituye un alegato contra la explotación y un canto a la dignidad humana y a los esfuerzos de quienes luchan por cambiar el signo de su destino. Nos habla de los abusos de poder, la humillación del diferente, la necesidad de remediar las injusticias... 


La puesta en escena de Mario Gas explota las múltiples posibilidades que ofrecen los teatros actualmente, con proyecciones sobre los muros que potencian la escenografía y un vídeo que ofrece la actuación de los ciegos, las reacciones de su público y la presencia de Valentin Haüy. Un recurso poco teatral pero efectivo. 

Pero en lo que hace al resto de la puesta en escena y, en especial, a los intérpretes, es teatro de lo más convencional. Buena escenografía e iluminación. Un acierto la utilización de las sombras en la escena entre Valindin y el ciego David. Y no me gustó que vuelva a utilizar el vídeo en el epílogo, por otra parte prescindible, de la obra. 


Alberto Iglesias es David. Creo que en su interpretación esta influido por el recuerdo de José María Rodero. En ocasiones su entonación me lo recordaba. 



Valindin es José Luis Alcobendas y Adriana, Lucía Barrado. A todos ellos les pudimos ver en Incendios y algún otro montaje, en general con mejor recuerdo. En cualquier caso todo el elenco cumple adecuadamente y el espectáculo vale la pena.





lunes, 17 de octubre de 2016

Teatro: INCENDIOS


En el teatro de la Abadía se está representando Incendios, del libanés Wajdi Mouawad. Vivió en su Beirut natal hasta los ocho años. Allí, al comienzo de la guerra civil libanesa, vio cómo un autobús repleto de refugiados palestinos era acribillado por las milicias cristianas. Sus padres emigraron a París. Seis años después tuvieron que abandonar Francia. En Montreal, él y su familia corrieron mejor suerte. "En el exilio, tuve que buscarme algo con lo que recrear el espacio de felicidad de mi infancia, algo que volviera a ponerme en relación con la naturaleza", dice. Y ese algo fue el teatro. Empezó a dirigir, a actuar y a escribir. 

En 2009 presentó en el festival de Avignon  la columna vertebral de su trabajo: Littoral, Incendies y Fôrets, trilogía de once horas de duración, representada de sol a sol por actores canadienses y franceses, culminando con el estreno de Ciels, broche de lo que ya es una tetralogía, y estreno absoluto en Aviñón.

Incendios se presentó en Madrid, creo que en 2008, dirigida por el autor, y ha contado con alguna otra representación. También hubo un montaje en Barcelona en 2014. Y una película dirigida por Dennis Villeneuve que es lo que yo había visto. Por los comentarios y la película esperaba con expectación este montaje de Mario Gas con Nuria Espert, Ramón Barea y Laia Marull al frente. 

Ha respondido a lo esperado.



Tras permanecer en un silencio hermético durante cinco años, fallece Nawal. 
En su testamento, deja un mandato a sus hijos gemelos: han de buscar a su padre, al que creían muerto, y a un hermano cuya existencia ignoraban, y entregarles un sobre cerrado a cada uno. Los chicos no están por la labor, pero el deseo de desvelar su origen acabará por llevarles de regreso a su país natal, que no se nombra pero se intuye. Incendies cruza tres historias entroncadas: la de Nawal, desde que se quedó embarazada, con 15 años, hasta su muerte; la historia de ese primer hijo, de quien la separaron nada más nacer y a quien buscó durante toda su vida, y la historia de la nueva búsqueda, emprendida por sus gemelos. Pero con ser emocionante lo que Mouawad cuenta, lo que también importa es cómo lo cuenta: sin un tiempo muerto, sin un oscuro, solapando escenas.  Los protagonistas de una escena comparten espacio con los de la siguiente, en una especie de encadenado cinematográfico.

La obra nos remite a la tragedia clásica. Y como en ella, cuenta con algunas casualidades y excesos. Nawal es la mujer de cualquier país en guerra, humillada, violada e inseminada por el enemigo. Un texto lleno de crueldad, de belleza poética. Monólogos y diálogos conmovedores e intensos. 
  

Nawal es Nuria Espert y Laia Marull. Una Nuria Espert a la que en esta ocasión he visto menos diva que en las últimas ocasiones, entregada al papel. Laia Marull, que no me había terminado de gustar hace unos años como Hedda Gabler, aquí  confirma su calidad que ya conocía de películas como Te doy mis ojos o Pa negre. Junto a ellas destaca otro veterano, Ramón Barea, que interpreta varios personajes. A otro nivel, pero siempre correctos,  actores conocidos por series de TV, cine o teatro: Carlota Olcina (Amar en tiempos revueltos y Seis hermanas), Alex García (La novia), Alberto Iglesias (El largo viaje del dia hacia la noche), Edu Soto (Cabaret) y Lucía Barrado (La que se avecina, Carlos emperador) quizá la que mas me gustó en un personaje secundario pero conmovedor.

Por lo que sé, la puesta en escena de Mario Gas sigue la del autor. Me pareció muy adecuada, utilizando proyecciones que, en algunos momentos, complementan la narración. 

La escena final es digna de la mejor tragedia clásica. El notario Hermile Lebel comienza a tender una lona traslúcida para resguardarse de una lluvia repentina y persistente, y los demás personajes se van poniendo a su lado, uno a uno. Excepto el moralmente monstruoso Nihad. Por un instante eterno, ese grupo compacto queda como congelado. Nihad, fuera de la lona, gira la cabeza hacia ellos, se les acerca, y se pone también a cubierto. En esa imagen fija y muda del grupo bajo la lluvia cristalizan las palabras póstumas de Nawal, pronunciadas por el notario al inicio del espectáculo: "Ahora que estamos juntos, todo va mejor". Emocionante y conmovedor.

La verdad es que la obra da para escribir mucho más sobre ella. A mi modo de ver, podría acortarse un poco (dura tres horas), pero es de lo mejor que he visto en bastante tiempo.

Las entradas están agotadas para todas las funciones, pero la obra volverá en junio. Un consejo, No os la perdáis.

jueves, 5 de marzo de 2015

Teatro: INVERNADERO de Harold Pinter


Se presenta en La Abadía Invernadero, obra de Harold Pinter escrita a finales de los 50 pero no dada a conocer hasta 1980 en Londres en montaje dirigido por él mismo. Pinter llegó incluso a interpretar, dos años después, el papel principal.

Galardonado con el Premio Nobel de literatura en 2005, Pinter fue autor, actor y director teatral, guionista cinematográfico y poeta. 

Invernadero pertenece a su periodo conocido como "comedias de amenaza". Se conocen de esta forma comedias que dan comienzo con una situación aparentemente inocente que se convierte en amenazadora o inquietante a la vez que absurda en tanto que sus personajes se comportan de forma poco explicable para el espectador, con una influencia clara de su amigo Samuel Beckket, aunque Invernadero también se identifica con sus obras de contenido político, de un periodo posterior.

La faceta de Pinter que más me ha interesado es la de guionista cinematográfico. Películas como El sirviente, (1963), Accidente, (1967) y El mensajero (1971), todas ellas dirigidas por su amigo Joseph Losey, me parecen extraordinarias, si bien se trata de adaptaciones de novelas ajenas, como también La mujer del teniente francés (Karel Reisz, 1981), Siempre estoy sola (JAck Clayton, 1964) o El último magnate (Elia Kazan, 1976).
Como autor teatral, he visto pocas obras suyas y, aunque me parece interesante, lo cierto es que tan solo Viejos tiempos me ha convencido.

Invernadero es una sátira que se sitúa en un establecimiento cuya naturaleza exacta no se nos desvela. Puede ser una casa de reposo, un sanatorio, un balneario o una prisión. Pero más parece uno de esos centros de reeducación política y lavados de cerebro de los que hemos oído hablar y que se sitúan en regímenes autoritarios. Los internos son despojados de su nombre y se convierten en números.

Allí el director, un burócrata incompetente y corrupto, es informado el dia de Navidad de la muerte de uno de los internos y de que una interna ha dado a luz un bebé. Esa situación desencadenará una serie de situaciones que nos descubrirán el funcionamiento interno del centro y la capacidad de sus funcionarios para trepar y falsear la realidad.  Evidentemente se trata de una denuncia de los mecanismos del poder y de como puede utilizar y destruir a la gente, a la que puede convertir en victimas propiciatorias.

 El problema, para mi, es que la farsa no me llega. El mensaje está muy claro pero el desarrollo del conflicto me resulta irrelevante. La acción no me parece bien construida. No me siento interesado.

Puede que el problema sea mio aunque, en general, el público que llenaba el teatro creo que reaccionó bastante fríamente a la representación. El caso es que ni la interpretación, ni la puesta en escena contribuyeron a engancharme a un texto que tampoco me pareció nada especial. 

El responsable del montaje es Mario Gas y los intérpretes principales son Gonzalo de Castro, al que recuerdo buenas interpretaciones en El inspector y Glengarry Glen Rose, pero que aquí no me gustó y Tristán Ulloa, que en esta ocasión me parece más entonado que en otras obras que le he visto. Isabelle Stoffel, Jorge Usón, Carlos Martos, Javivi Gil y Ricardo Moya completan el reparto.

Como me pasa siempre en este tipo de obras, de autores de prestigio, pienso que quizá soy yo que no llego a apreciar sus valores, pero lo cierto es que el resultado me pareció decepcionante. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

Teatro: EL LARGO VIAJE DEL DIA HACIA LA NOCHE




El largo viaje del día hacia la noche está considerada la obra maestra de Eugene O'Neill, dramaturgo americano autor de obras como Deseo bajo los olmos, A Electra le sienta bien el luto o Anna Christie. Ganador del Premio Nobel y de cuatro Pulitzer. Muerto en 1953, se le considera el precursor del teatro realista americano y de autores como Tenessee Williams y Arthur Miller. Esta obra, que escribió en 1940 y no fue estrenada hasta después de su muerte, por su expreso deseo, está considerada autobiográfica, y en ella refleja el calvario que supuso su vida con su familia. 



 El largo viaje del día hacia la noche  nos presenta  una familia norteamericana quebrada por las frustraciones y los vicios. Mary, una mujer presa de una adicción a la morfina, imposible de desarraigar, está casada con James Tyrone, un actor que ha pasado su vida haciendo giras sin poder formar un verdadero hogar y llevando frecuentemente a su esposa, que de joven soñaba con ser monja o concertista de piano, como acompañante. Tienen dos hijos, Edmund y Jamie, quienes consideran que la tacañería de su padre es la causa de muchos de los males de la familia. Edmund muestra talento para la poesía pero está gravemente enfermo, mientras que Jamie, obligado por su padre a dedicarse al teatro, no logra centrarse y gasta todo el dinero que cae en sus manos en bebida.
La obra transcurre desde la mañana hasta la noche del mismo día y muestra las expectativas que tiene la familia de que Mary se recupere, expectativas que se van frustrando a medida que pasan las horas. Y mientras tanto, van saliendo a la luz tragedias del pasado, resentimientos, decepciones y demostraciones de afecto, a pesar de todo.

Hasta aquí lo que es la obra. Pero, al igual que me ocurrió hace unas semanas con Jugadores,  tengo que decir que a pesar de lo bien considerada que está, no me gustó.  No consiguió interesarme. La historia de ese matrimonio, con un padre alcohólico, actor, que valora excesivamente el dinero, y una mujer frustrada, traumatizada por una vida que no ha sido lo que ella esperaba, siguiendo a su marido de ciudad en ciudad, de escenario en escenario, que no ha podido superar la muerte de uno de sus hijos y el nacimiento de otro no deseado, no consiguió evitar una sensación de aburrimiento. La obra me pareció excesivamente larga y repetitiva en sus situaciones. (Y eso que aquí ha sido sensiblemente acortada, ya que el original dura cerca de cuatro horas, según he leído). Ser espectador durante casi dos horas y media de los secretos de cada miembro de la familia: sus adicciones, la mezcla de amor y rencor que se profesan; como cada uno busca un culpable para todo lo que ha ocurrido en su pasado, no es fácil. Y en este caso yo fracasé. No me pareció que la obra merezca tantos elogios y premios. Y eso que todos los intérpretes, especialmente Vicki Peña, están muy bien.  Destacar a Mario Gas, como el padre y Alberto Iglesias y Juan Díaz como los hijos.Literariamente, los textos, el lenguaje son  muy buenos, pero no así el desarrollo dramático. Echo de menos eso tan clásico del planteamiento nudo y desenlace. Aqui asistimos a un eterno planteamiento. Evidentemente existe un conflicto, pero es un conflicto eterno. El dia siguiente será igual. No hay desenlace. La obra no me llegó.




Recuerdo que hace años, ví la adaptación al cine de esta obra, con Katherine Hepburn, dirigida por Sidney Lumet. Y tampoco guardo un buen recuerdo de ella. Debe ser que no conecto con el mundo de O'Neill, porque, en cambio si tengo muy buen recuerdo de obras de Arthur Miller o, mas recientemente, de Agosto de Tracy Letts, cuyos personajes no tienen nada que envidiar en cuanto a frustraciones y adicciones a los de esta obra y sin embargo me resultaron mucho más cercanos. Probablemente porque existe un conflicto desarrollado.

En resumen, buenas interpretaciones y  montaje sencillo y correcto dirigido por Juan José Afonso  de quien he visto los montajes de El Crítico y El arte de la entrevista, ambas de Juan Mayorga, sin que ninguno me llegara a convencer del todo, pero que no consiguieron hacerme disfrutar. 

Me gustaria saber vuestra opinión. 

martes, 18 de febrero de 2014

Teatro: Julio César en el Bellas Artes



Cualquier montaje de esta obra de Shakespeare tiene que superar el reto que supone la película de Joseph L. Mankiewicz, con Marlon Brando, James Mason, Louis Calhern y John Gielgud al frente, producida en 1953. 




La versión que se ofrece actualmente en el Bellas Artes de Madrid,  con versión, escenografía y  dirección de Paco Azorín, no consigue superar ese reto. Evidentemente no es una obra fácil de representar. La version ha reducido sensiblemente la obra. Desaparecen varios personajes, especialmente los  femeninos y simplifica la narración. Ciertamente mantiene los pasajes y textos  fundamentales, pero a mi me pareció que la obra quedaba coja, reducida a su esqueleto.





La interpretación no me gustó. Mario Gas es Julio Cesar. Es un papel no principal y da una buena imagen. Pero Tristán Ulloa, José Luis Alcobendas y Sergio Peris-Mencheta en los papeles de Bruto, Casio y Marco Antonio, no me llegaron. Son actores de cierto prestigio, populares por el cine, el teatro y la televisión. Quizá estaba demasiado influido por el recuerdo de la película. Gritan excesivamente y aunque permiten entender bien el texto, lo cierto es que no me convencieron. Me resultó especialmente decepcionante Sergio Peris-Mencheta, ya que me han hablado muy bien de él, pero su Marco Antonio, ese magnífico y demagógico discurso tras la muerte de Cesar, me dejó frío.
Tampoco la puesta en escena ayuda. Una escenografía austera, con una docena de sillas y un monumento que se descompone en tres piezas en los dos últimos actos. Demasiado austera. Y un vestuario que nos remite a los uniformes de cualquier gobierno totalitarista, cuando el totalitarista de la obra es solamente Julio Cesar.
  
En resumen, para mí,  un texto muy superior a la puesta en escena.
¿La habéis visto, cual es vuestra opinión?