Nos llega una nueva película dirigida por Gracia Querejeta tras el enorme error que supuso, en mi opinión, la anterior, Ola de crímenes. Abandona aquí el camino de ¨comedia negra¨que parecía haber emprendido con la mencionada y, al menos en parte, con Felices 140, para volver al cine que, para mi, mejor se le da, historias humanas con personajes y conflictos cercanos a la realidad.
Julia, Elsa y Amelia, son tres amigas que salen a caminar juntas una vez por semana. Una ejecutiva soltera, una separada que intenta rehacer su vida junto a su nueva pareja y la hija de esta y una profesora de matemáticas casada, harta de la enseñanza, comentan en sus paseos lo que a cada una de ellas les ocurre, sus temores, sus vivencias, sus frustraciones, siempre vistos desde la invisibilidad social que sufren una vez cumplidos los 50. Tres personajes femeninos, representantes de unos roles sociales bien definidos, con unos diálogos creíbles y con un tono bastante teatral, ya que los paseos podían muy bien ser sustituidos por un desayuno o merienda en una cafetería. La película trata una serie de temas de actualidad y de siempre, apoyándose en la interpretación de tres buenas actrices, Adriana Ozores, Nathalie Poza y Emma Suarez que durante hora y media escasa nos trasladan una visión bastante pesimista de la realidad de la mujer en esa franja de edad. Me gustó.
Coproducción sueco-danesa que ganó el premio del público en el Festival de cine independiente de Sundance 2019. Se trata de una película con una fuerte carga erótica y una visión un tanto conservadora. Esta dirigida por May El-Toukhy, directora de madre danesa y padre egipcio. Su debut, Una larga historia corta (2015), fue un éxito de público y crítica, y le reportó numerosos premios. Creo que no se ha visto en España. En esta ocasión vuelve a trabajar con el mismo equipo. Ha trabajado también en teatro, dirigido obras de radio y episodios de series de televisión en la televisión danesa. Está protagonizada por Trine Dyrholm, considerada una de las mejores actrices danesas, a la que recuerdo haber visto en En un mundo mejor (2010), que ganó el Oscar en lengua no inglesa y La comuna (2016), por la que gano el premio a mejor actriz en el Festival de Berlín.
Anne es una exitosa abogada que vive lo que parece ser la vida perfecta con su esposo Peter y sus dos hijas gemelas. Cuando su hijastro Gustav, con quien nunca había convivido, se muda a vivir con ellos, Anne se deja llevar en lo que parece ser un movimiento liberador para ella, pero que pronto se convierte en una historia de poder y traición que tendrá consecuencias devastadoras en la vida de todos ellos. La película nos muestra hasta donde puede estar Anna dispuesta a llegar para protegerse y mantener su estatus, provocar una situación que lo amenaza. Todo es posible porque tiene el poder y el conocimiento para hacerlo, en un alarde de cinismo e hipocresía que convierten a su personaje en alguien totalmente rechazable. Lo que podía ser una declaración sobre la liberación sexual de la mujer madura y, de paso, de ciertas fronteras y tabúes sociales, de afirmación de su sensualidad y sexualidad, se transforma en una crítica desde una perspectiva moral en la que la libertad, el deseo, la razón y la perversión se dan la mano. Una condena a la protagonista en la que la mentira, el arrepentimiento y las previsibles consecuencias terminan con el despertar del deseo y el cuerpo en una resolución burguesa, conservadora y trágica. Dice la directora que el poder es el tema principal y recurrente. Con esta historia, quiere explorar esa sensación de privilegio que nace de la posesión del poder y qué puede pasar cuando no nos tomamos en serio la responsabilidad que conlleva la autoridad, ya sea en la vida privada o profesional. Una lectura tan correcta y asumible como cualquier otra. La película me pareció bien narrada, con escenas de sexo un tanto explicitas y una muy notable interpretación, sobre todo por parte de Trine Dyrholm. Y un acercamiento al mundo de Alicia, no solo en el título sino también en el tratamiento del prólogo (en realidad un flash forward) y la lectura en varias escenas. La verdad es que se trata de un relato elegante de un tema escabroso, con bastante morbo. Me recordó en bastantes momentos el cine de Claude Chabrol de la época dorada en que colaboró con el productor André Genovés. La construcción de esas películas era siempre la misma: un extraño aparece para perturbar la vida de una pareja, con consecuencias fatales.
El plan es una obra de teatro que se estrenó en 2015 en el desaparecido "La pensión de las pulgas", de donde pasó al Teatro Kamikaze y después al Marquina. Escrita y dirigida por Ignasi Vidal, supuso todo un revuelo en el off madrileño. Polo Menarguez, el director de la película, comenta que ha venido explorando durante su corta carrera, a través de diferentes cortos, las realidades de personajes que andan encerrados en sí mismos, custodiados por sus propios demonios y en atmósferas claustrofóbicas. Personajes, hombres, o mujeres afectadas por hombres, a los que les afectaba la realidad de su identidad masculina. Para él, El plan retrata ese abanico de masculinidades en las que la mujer actúa como un personaje fuera de campo. Es una mirada hacia quién es o qué hace el hombre cuando la mujer no está.
Tres amigos desempleados se encuentran en el piso de uno de ellos para ir a reunirse con unos compañeros y llevar a cabo un plan. Esperan a que se arregle la avería de un coche. Pero los imprevistos se suceden y para complicar aún más las cosas, diversos secretos salen a la luz con consecuencias imprevisibles. La película evidencia su origen teatral. Prácticamente todo se desarrolla en el interior de un piso, salvo una breve salida al exterior, pero lo cierto es que la planificación, muy cuidada, va haciendo que paulatinamente los espectadores se vayan sintiendo más cercanos a los personajes. Dice su director que tuvo la idea de trabajar con diferentes objetivos en cada acto de la película. En el primer acto con teleobjetivos, más lejos de los actores, en el segundo acto con objetivos de focal media y en el último con angulares, acercando mucho la cámara a las caras. En cualquier caso el origen teatral no tiene porqué marcar negativamente una película. Existen numerosas pruebas de ello. Lo que si es importante es la interpretación. En este caso los tres actores están muy bien. Antonio de la Torre, Raúl Arévalo (hacía tiempo que no le veía tan bien) y Chema del Barco, el único que la interpretó en el teatro, dotan a sus personajes de humanidad y buen hacer y hacen que nos creamos un texto que resulta un tanto tramposo. Empezando por el juego de hacernos pensar en que lo que planean tiene un componente de peligro y, quizá, delictivo. De todas formas la historia está bien construida, con buenos diálogos, muy naturales, aunque se intuye el giro final
En lo que es, básicamente, una historia de perdedores, encontramos unos personajes arrinconados socialmente a causa de la crisis, un costumbrismo de bromas de hombres en un bar, para en su giro final llevarnos a un terreno muy diferente. Aunque la que podría ser su tesis final sea un tanto discutible. Una comedia que evoluciona hacia el drama e incluso la tragedia, muy bien interpretada con unos personajes un tanto angustiados por la crisis, el paro y la vida en pareja. La seguí con interés a lo largo de su, por una vez, corta duración.
Con solo tres películas dirigidas entre 1973 y 1998, Terrence Malick se convirtió en un director muy respetado además de ser considerado un genio misterioso (nunca concede entrevistas) y visionario a la altura de Kubrick, con varios premios y nominaciones. Su película El árbol de la vida, (2011) me pareció extraordinaria y llena de poesía. Después insistió en la misma línea y no tuvo el mismo acierto. La obra de este director se centra en la descripción de la belleza de la naturaleza en clara oposición a la ambición y la crueldad del hombre. Estudiante y profesor de filosofía, siempre ha tratado los diferentes temas con una visión filosófica y trascendental, un enfrentamiento entre razón e instinto, entre el individuo y la sociedad. Ahora nos llega Vida oculta. Presentada en Cannes fue una de las favoritas para la Palma de oro, aunque su excesiva duración (algo en lo que suele incurrir) y sus reiteraciones narrativas lastran sensiblemente el resultado de una película puro estilo Malick.
Franz y Fani son un matrimonio que vive felizmente con sus tres hijas en su granja alpina de Austria rodeados de un impresionante paisaje. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, los hombres comienzan a respaldar el nazismo, pero Franz se resiste a prestar juramento a Hitler y se convierte en objetor en un mundo de nacionalismo e ideología de odio. El amor incondicional de su esposa y su fe inquebrantable, se convertirán en sus principales aliados para afrontar las graves repercusiones que su decisión provocará. A partir de un personaje real y tomando como referencia las cartas que Franz escribió a su mujer, Malick nos cuenta la historia de un campesino austriaco que, en el fragor de la Segunda Guerra Mundial y con su país ocupado por los nazis, se negó a combatir. Lo hizo convencido de que es mejor "padecer una injusticia que cometerla". Y lo cuenta según el estilo Malick, con un ritmo lento, imbuido, como se ha dicho en ocasiones, de trascendencia existencial, casi mística, en un entorno extraordinario, con una gran belleza formal. Como he leído a algún crítico, pocos directores ruedan armonizando la belleza de la naturaleza con el tono intimista, emocional y reflexivo, de conversación interior del personaje consigo mismo o con otros, a través de voces en off que ilustran las convicciones y las dudas. Una excesiva reiteración de situaciones, la alternancia, difícil de justificar, de inglés y alemán (parece que el inglés lo hablan los "buenos" y el alemán los "malos"), un cierto abuso de subrayados de imagen y música, un exceso de melodrama hacen que la película no alcance el nivel de El árbol de la vida, pero sí nos dan una película muy notable y digna de atención que, es cierto, decepcionó en su presentación en Cannes y cuya larga duración puede desanimar su visionado.
Nacida en 1922, Judy Garland forma parte de la leyenda del cine de Hollywood. Fue contratada por la Metro Goldwin Mayer cuando tenía solo 13 años, a pesar de que la creían demasiado pequeña para encarnar roles adultos y demasiado grande para papeles infantiles. Además su apariencia física no encajaba en los patrones de belleza de las estrellas de la época, lo que le provocó una notable inseguridad. Cuando tenia solo 15 años, el estudio decidió emparejarla con otro actor juvenil, Mickey Rooney con quien rodaría hasta 9 películas.Para poder soportar el ritmo de trabajo al que eran sometidos, Garland, Rooney, y otros jóvenes actores, se habituaron a consumir una importante cantidad de anfetaminas y barbitúricos que les suministraban para aguantar largas sesiones de rodaje. En 1939 rodó El mago de Oz, que la convirtió en una de las actrices más cotizadas de la MGM. Desde entonces se vio obligada a llevar un ritmo de vida insostenible, utilizada y exprimida por la industria, lo que le dejaría cicatrices morales y psicológicas para toda la vida. La película narra los últimos años de la artista que tras haber rodado en 1963 su última película, intentó ganarse la vida como cantante y se centró en la batalla por la custodia de sus hijos más pequeños. Basada en un musical teatral creado por Peter Quilter en 2005, End of the rainbow, pero más cercana a la realidad, está dirigida por Rupert Goold, un guionista y director británico, que debutó con Una historia real. Su protagonista, Renée Zellweger ha ganado los premios de interpretación más importantes de este año. Orcar, Globos de oro, Bafta no se han podido resistir al regreso de esta actriz que ya ganó estos premios como secundaria en 2004 por Cold mountain (Anthony Minghella), había estado nominada por Chicago (Rod Marshall, 2003) y se había hecho popular por su interpretación de Bridget Jones.
Durante el invierno de 1968, treinta años después del estreno de El mago de Oz, la leyenda Judy Garland llega a Londres para dar una serie de conciertos. Las entradas se agotan en cuestión de días a pesar de haber visto su voz y su fuerza mermadas. Mientras Judy se prepara para subir al escenario vuelven a ella los fantasmas que la atormentaron durante su juventud en Hollywood. A sus 47 años, se enfrenta en este viaje a las inseguridades que la acompañaron desde su debut, pero esta vez tiene un objetivo claro: regresar a casa con su familia para encontrar el equilibrio. La película es un retrato de la decadencia de una estrella, una actriz y cantante en pleno declive, contado de forma tan correcta como poco original. Ni siquiera la alternancia de algunos flashback donde se nos muestra la explotación sufrida en sus primeros años como índicador de su desequilibrio posterior, consigue animar la historia. Tan solo la interpretación de Renée Zellweger, pese a su exceso de mohines y muecas, destaca en una película un tanto plana y que genera una sensación de ya conocida. Todo para desembocar en una escena final que, eso sí, consigue emocionar, y que, al parecer, ocurrió, aunque no exactamente como se nos cuenta en la película. También me gustó Jessie Buckley, como la sufrida asistente personal de Judy en Londres. Hemos visto a esta actriz en la serie de TV Chernobyl. La película es interesante porque nos introduce en ese mundo donde las estrellas acabaron como juguetes rotos y nos hace recordar en su contenido una de las películas e interpretaciones más destacada de Judy Garland, Ha nacido una estrella (George Cukor, 1954).
El director neozelandés Taika Waititi se suma a la línea paródica sobre Hitler y el nazismo que inició Chaplin con El gran dictador, al versionar la novela de Christine Leunens El cielo enjaulado, donde un niño ve su fe ciega en Hitler cuestionada cuando descubre que su familia oculta a una chica judía tras una falsa pared en el desván. “El libro es un drama, aunque tiene sus momentos cómicos. Pero pensé que, si iba a abordar este asunto, tendría que hacerlo con mi personalidad y estilo. Esto entrañaba más elementos fantásticos y evidentemente más humor, creando una especie de baile entre el drama y la sátira”, dice el director de esta película que obtuvo seis nominaciones a los Oscar y a los BAFTA y ganó el de mejor guion adaptado en ambos. Decisión que no comparto estando nominadas El irlandés y Mujercitas.
Jojo "Rabbit" Betzler (Roman Griffin Davis) es un solitario niño alemán perteneciente a las Juventudes Hitlerianas que ve su mundo puesto patas arriba cuando descubre que su joven madre Rosie (Scarlett Johansson) esconde en su ático a una niña judía (Thomasin McKenzie). Con la única ayuda de su mejor amigo imaginario, el mismísimo Adolf Hitler (Taika Waititi), Jojo deberá afrontar las contradicciones de su ciego nacionalismo. Waititi nos presenta a Jojo participando en un campamento para niños en el que reciben un peculiar entrenamiento con el objetivo de ir preparándose para cuando tengan que entrar en combate. Allí le acompaña su amigo imaginario, el propio Hitler, que le trata de ayudar a superar sus muchas limitaciones en el rito de iniciación. Es la mejor y más paródica parte de la película, donde se ridiculiza la actitud nazi. Cuando, tras un accidente, Jojo abandona el campamento, se produce un cambio de registro y la película toma un camino mucho más dramático e incluso trágico, hasta casi desaparecer la comedia que, cuando se mantiene, parece un tanto forzada. Hasta llegar, eso sí a un final esperanzador. Todo está contado con ingenio, con una utilización anacrónica de la música y la buena interpretación de Jojo y la niña judia. También destaca Sam Rockwell como un divertido y colaborador instructor y otro niño, un gordito simpatiquísimo especialista en provocar accidentes. En la presentación de la película en Toronto el pasado mes de septiembre, Waititi habló de "cómo las ideologías fascistas se van infiltrando como parásitos en nuestra sociedad, convirtiendo en normal lo que no lo era, generando odio donde antes había convivencia", de forma que su película es una llamada a no subestimar el poder de las ideologías extremistas. "Es fácil burlarse de ellos, porque sus creencias y sus actos de patriotismo son absurdos, pero cuando ataquen nos daremos cuenta del inmenso poder que han acumulado".
De eso habla la película y muestra a su manera cómo estos movimientos ideológicos pueden radicalizar desde edades muy tempranas, en las que los afectados aún no entienden realmente lo que están haciendo. "Eres un niño de 10 años al que le gusta vestirse con un uniforme elegante y quiere formar parte de un club", le dice Elsa, la niña judía, a Jojo. Elsa (Thomasin McKenzie) explica así lo que hay detrás de la obsesión del protagonista con Hitler. Una película razonablemente simpática y esperanzadora dentro del drama que presenta, a la que creo que es un error compararla con La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), algo que están haciendo algunos de sus detractores.
Roger Ailes fue un genio de la comunicación que ayudó a colocar en la Casa Blanca a Richard Nixon, Ronald Reagan, George Bush padre, George Bush hijo y Donald Trump; fue el hombre que creó Fox News, que hizo de las fake news un arte y que demostró que en el éxito político pesan poco las ideas y mucho la crispación y el espectáculo. Su teoría sobre la comunicación política quedó resumida en una frase célebre: “Tienes dos tipos sobre un escenario. Uno de ellos anuncia una solución para los problemas de Oriente Próximo. El otro se cae en el foso de la orquesta. ¿Cuál de los dos crees que aparecerá en el telediario de la noche?”. Pero en 2016, Gretchen Carlson, presentadora despedida de uno de los programas de más audiencia, presentó una demanda contra él por acoso sexual. Los desmanes sexuales, los abusos y los chantajes cometidos durante décadas se dieron a conocer y acabaron con su carrera en pocas semanas. Un hombre que mantenía que "la mejor expresión de la lealtad viene en forma de una alianza sexual".
Una serie de TV, La voz más alta, (The loudest voice), que se puede ver en Movistar indaga en la vida social del magnate y en algunos aspectos de su parte más personal, como en las acusaciones de acoso sexual. La película que nos llega ahora, se centra en cómo un grupo de mujeres logró acabar con él. La película está dirigida por Jay Roach, autor de películas poco distinguidas como la serie de Austin Powers. Lo único destacable puede ser Trumbo (2015), aunque, según leo, ha ganado cuatro Emmy.Tanto Charlize Theron como Margot Robbie han sido nominadas para los Oscar, Globos de oro y BAFTA. Y ha ganado el Oscar a maquillaje.
Roger Ailes (John Lithgow), está al frente del canal de noticias Fox News. Es uno de los mejores productores televisivos de su generación pero también un hombre cruel y autoritario, muy dado a hacer comentarios groseros y sexistas sobre sus empleadas. La presentadora y estrella televisiva Gretchen Carlson (Nicole Kidman) destapa el escándalo al interponer una denuncia por abuso sexual. Será entonces cuando sus compañeras, entre ellas Megyn Kelly (Charlize Theron) y Kayla Pospisil (Margot Robbie), deciden dar también la cara. La película plantea tres casos diferentes, la veterana despedida por no seguir tolerando la situación, la que parece haber dejado atrás lo sucedido al alcanzar el éxito y la recién llegada (único personaje de ficción) que no sabe cómo reaccionar. Tres visiones diferentes que, sin embargo, se quedan en la superficie mientras se emplea demasiado tiempo en mostrar la rivalidad del personaje de Charlize Theron con Donald Trump. Lo mas atractivo de la película es la denuncia de un sistema dominado por el miedo a perder un puesto de trabajo, a no prosperar y, sobre todo, a quedar marcada para siempre. Un sistema que se sostiene con la complicidad no solo de jefes y compañeros sino también de las propias compañeras e, incluso, la esposa de Ailes.
Me decepcionó la forma narrativa. Lo que parece empezar como una narración directamente a cámara, cambia después a una narración convencional. Parece que no se hubiera atrevido a seguir por ese camino, bastante más difícil de llevar a cabo.
En cualquier caso la película tiene buen ritmo y es interesante. Está bien interpretada, destacando sobre todo Margot Robbie. Pero a mi me interesó y aportó más la serie de TV.
Todos los años miles de africanos recorren en muy precarias condiciones cientos de kilómetros a través del continente soñando con llegar a Europa. Muchos no consiguen su objetivo y los que sí, son acogidos en muchas ocasiones con recelo cuando no con abierta hostilidad. Adú nos acerca a ese mundo de la emigración a través de tres historias que se desarrollan en paralelo. Está dirigida por Salvador Calvo, un ya veterano realizador de series para TV, que debutó en el cine en 2016 con 1898, Los últimos de Filipinas. Tanto entonces como ahora se muestra como un solvente narrador.
Adú nos cuenta tres historias distintas. El viaje de un niño y un adolescente (Moustapha Oumarou y Zaidiyya Dissou respectivamente) que atraviesan África para llegar a Europa. Los problemas de un activista ambiental (Luis Tosar) que defiende a los elefantes pero es incapaz de congeniar ni con los habitantes locales ni con su propia hija adolescente (Anna Castillo). Y tres guardias civiles ( Alvaro Cervantes, Jesús Carroza y Miquel Fernández) acusados de brutalidad en la valla de Melilla. Tres historias en las que ninguno de sus protagonistas sabe que sus destinos están condenados a cruzarse y que sus vidas ya no volverán a ser las mismas. Cuenta Salvador Calvo que fue durante el rodaje en Canarias de 1898 de Los últimos de Filipinas (2016), cuando comenzó a descubrir los terribles dramas humanos que se esconden detrás de esos emigrantes que se lo juegan todo por una vida mejor. "Adú pretende abordar el asunto desde todos los ángulos, sin juzgar ni entrar en moralismos maniqueos una situación explosiva que marca de manera profunda el mundo contemporáneo". A partir de historias reales que conoció entonces, elaboró la de Adú, mucho menos dura que las que conoció. Alli tuvo su mayor reto, ser fiel a la verdad pero al mismo tiempo modular la tolerancia de los espectadores ante el horror, teniendo claro el carácter comercial del producto. La historia de los niños que tratan de llegar a Europa es la parte mas conseguida e interesante de la película. También es interesante la de los guardias civiles, mostrando las diferentes caras de la situación, aunque recuerda bastante a lo planteado en Los miserables (2019), la película francesa candidata al Oscar en lengua no inglesa, que comenté hace poco. La otra historia es la que menos me creí y a la vez la más llena de tópicos. En cualquier caso parecen algo forzadas en su desarrollo para llegar al momento final en que se cruzan. En general me pareció una película notable, destinada a despertar la conciencia de una audiencia muy concreta, (está producida por Tele5), en la que me gusta bastante más la dirección que el guion.
Dirigida por el chileno Pablo Larrain, Ema ha supuesto su regreso a Chile tras la experiencia de Jackie, una coproducción con EEUU que nos aproximó a la figura de Jackeline Kennedy. Otras películas de este director son Neruda, El club y No. Presentada en el pasado Festival de Venecia, parece que estuvo entre las favoritas para ganar el Leon de oro que, finalmente, fue a parar a Joker. Se trata de una película muy poco convencional en su planteamiento, narrativa y personaje protagonista. Bastante difícil de clasificar.
Después de que el comportamiento de su hijo adoptado desestabilice su vida familiar y decidan volver a entregarlo en adopción, Ema (Mariana Di Girolamo), una bailarina de reguetón, y Gastón (Gael García Bernal), un coreógrafo, ven como su matrimonio se está rompiendo. Desesperada, Ema busca por las calles del puerto de Valparaíso, nuevos amores para aplacar la culpa. Sin embargo, ese no es su único objetivo.
Larrain se aproxima a la gente crecida y educada en este siglo. En sus palabras, “Sus códigos de funcionamiento son distintos, muy poderosos y novedosos. Es, por cierto, la generación que se ha puesto sobre los hombros la lucha contra el cambio climático y ha liderado el estallido social en Chile desde el pasado 18 de octubre. Ema está contada desde el punto de vista de una mujer en crecimiento que madura, que hace cosas que algunos no podrán entender, que aprende qué tipo de vida desea tener, forja su identidad".
La historia nació desde el interés del director de reflejar las nuevas familias, y las trabas que hay en Chile para conformarlas. "En mi país, el Servicio Nacional de Menores, articula las adopciones. Y crearon el ranking de idoneidad para valorar los padres que desean adoptar, una medición que mostraba todas las distintas formas de discriminación del sistema. El concepto idoneidad conlleva en la vida discriminación". En Ema se escucha: "El sistema está hecho para eliminar gente como ustedes", y eso vale tanto para la adopción como para mucho más. Ema es un personaje contradictorio, egoísta y frío, pero a la vez entregado, dedicada a su placer y al de los demás. Devuelve al hijo que adoptó con su pareja y después hace todo lo posible para recuperarlo sin pensar en los efectos que sus actos y decisiones tendrán en los demás. Todo esto está en una película que no resulta fácil de entender. Cabe pensar en un simbolismo, como ese lanzallamas que empuña la protagonista, pero cuando se ven las imágenes de las revueltas del año pasado en diferentes ciudades y países, cabe preguntarse si es un símbolo o una realidad. Como también puede ser un símbolo el reguetón. Un baile que para el coreógrafo, "es música de cárcel, para no pensar; provoca ilusión de libertad, cuando en realidad significa dormirse en la derrota". Para la bailarina, "es un baile feliz, por supuesto sexual, porque si el orgasmo es vida se puede bailar". Y para el director, "un ritmo insaciable que se te mete en el cuerpo. Y es una música que al bailarla te saca lo mejor y lo peor, te retrata, revela una capa de la personalidad que solo se enseña al danzar". Quizá demasiada acumulación de símbolos y significados en esta interesante aproximación al momento histórico actual.
Alumna de la Escac y apoyada en el proyecto The screen de la Ecam, la joven directora valenciana Lucia Alemany presentó en el pasado Festival de San Sebastían su primera película, un relato, inicialmente, autobiográfico, aunque como ella misma dice, una vez terminada ya no la siente tan suyo.
The Screen (iniciativa de impulso a la producción de la ECAM: Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid) quiere ser una cantera de cineastas, apoyando a nuevos talentos. Se trata de un programa de desarrollo de proyectos, "La incubadora", que una vez seleccionados reciben a lo largo de unos meses la asesoría de profesionales y un apoyo económico. Creo que este es la primera producción de este proyecto que se estrena en salas. La inocencia consiguió siete nominaciones en los Premios Gaudí, del cine catalán y dos en los recientes Goya. Como he dicho se trata de su primer largo, tras un cortometraje en 2015, Catorce años y un dia.
Lis es una adolescente de quince años que sueña con salir de su pueblo, aunque sabe que para conseguirlo tendrá que pelearlo duramente con sus padres. Es verano y Lis se pasa el día en las calles y playa del pueblo con sus amigas y saliendo con su novio, unos años mayor que ella. La falta de intimidad y el chismorreo constante de los vecinos obligan a Lis a llevar esa relación en secreto para que sus padres no se enteren. Pero ese verano idílico llega a su fin. La directora retrata un grupo de amigas con naturalidad y frescura en medio de las costumbres y las apariencias de las zonas rurales que tratan de condicionar su conducta. Alemany nos muestra una serie de temas que nos dan la imagen del tipo de sociedad en el que aún hoy siguen creciendo las mujeres. La convivencia con una familia y sociedad donde el hombre impone su criterio. En este sentido los personajes del padre, el novio e incluso la madre, son un claro exponente del "machismo" dominante. Aunque algunos personajes son demasiado tópicos (Sergi López es, una vez mas el macho ibérico un tanto exaltado), y el conflicto central de la película me recuerda las peliculas de los 80, se trata de una razonable aproximación a la vida veraniega de una pequeña población valenciana, donde destacan las interpretaciones de Laia Marull, justamente premiada en los Gaudí, y sobre todo de Carmen Arrufat, candidata al Goya como actriz revelación que ganó la "yaya" Benedicta. Espero que tenga nuevas oportunidades porque su trabajo me encantó, pese a que su apariencia es mas acorde a sus auténticos 18 años que a los 15 de su personaje.
Rodada en un formato poco habitual, casi cuadrado (1,19;1) en blanco y negro, con solo dos personajes, elogiada por la crítica, esta segunda película de Robert Eggers está llamada a ser claramente para minorías. Robert Eggers se dio a conocer en el cine independiente con La Bruja (2015), una película de género fantástico ambientada en la América precolonial, de la que al comentarla en este blog, destacaba fundamentalmente su aspecto formal. Contada con planos estáticos, sin excesos ni sustos gratuitos, al margen de las modas del cine de terror actual, con unas imágenes que recordaban en muchas ocasiones al cine de Dreyer y la pintura holandesa.
En una remota isla de Nueva Inglaterra un veterano farero y su joven ayudante deberán convivir durante cuatro semanas. Su objetivo será mantener el faro en buenas condiciones hasta que llegue el relevo que les permita volver a tierra. Pero no es fácil convivir aislados del resto del mundo y los conflictos son inevitables. La película encierra en un entorno del que no pueden salir a dos personajes en un mano a mano brillante de dos buenos actores, Willem Defoe y Robert Pattinson. Pero lo que mas destaca es el aspecto visual que, como ocurriera en La bruja, recuerda al cine de Dreyer, y también al expresionismo alemán. Una fotografía en blanco y negro digna candidata al Oscar y una utilización del sonido que merecería la misma distinción. Una historia cargada de literatura y mitología, que pasa por textos de Herman Melville y similares, nos acerca a los mitos de Prometeo e Ícaro y que estira demasiado el enfrentamiento entre los dos personajes en una locura progresiva hasta el duelo final. Una película dura, nada complaciente, difícil de soportar si no se admira su extraordinaria factura técnica. Robert Eggers se confirma como alguien que posee un estilo propio y que junto con Ari Aster (Midsommar) está llamado a renovar el género fantástico.
Desde que en 2003 dirigió Mystic River, Clint Eastwood ha seguido dirigiendo películas a un ritmo de casi una por año. Entre ellas ha habido de todo, mejores y peores, pero no se puede negar su habilidad para contar historias, en muchos casos centradas en personajes un tanto aislados del resto de la sociedad, héroes anónimos que quizá vienen a representar una frase de uno de sus personajes, J.Edgar (2011): El individuo es la base de la democracia. En los últimos títulos hemos visto a un octogenario solitario, tres soldados impidiendo un atentado, un piloto que evita un accidente, un francotirador, uno de los hombres más temidos de los EEUU, un lider surafricano que utilizo el rugby para tratar de acabar con el apartheid, un veterano individualista y, en muchos casos, una crítica al sistema que coarta la libertad individual. En este caso vemos como la actuación más que correcta de un guardia de seguridad que evita que un atentado cause cientos de víctimas, le acabe convirtiendo en sospechoso solo porque se trata de una persona un tanto peculiar, un bicho raro. A partir de un amplio artículo publicado en Vanity Fair por Marie Brenner, el guionista Billy Ray ha construido un guion inteligente y eficaz, aunque cargue demasiado las tintas en los personajes negativos.
Richard Jewell era un guardia de seguridad en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. En la noche del 27 de julio descubrió una mochila con explosivos en su interior y evitó un número mayor de víctimas al ayudar a evacuar el área poco antes de que se produjera el estallido. En un principio se le presentó como un héroe cuya intervención salvó vidas, pero a los pocos dias, Jewell pasó a ser considerado el sospechoso número uno y fue investigado como presunto culpable. Tuvieron que pasar muchos años para que se limpiara su nombre al descubrir al verdadero culpable. La historia está bien contada, Pese a que sabemos que Jewell es inocente, seguimos con interés la situación de acoso mediático y la manipulación del FBI. El para mi desconocido Paul Walter Hauser interpreta a Richard Jewell con el que tiene un indudable parecido, y lo hace muy bien. Como también Sam Rockwell un gran secundario al que hemos visto en El vicio del poder, como George Bush y en Tres anuncios en las afueras, título por el que ganó un merecido Oscar como secundario. Y la veterana y siempre eficaz Kathie Bates como la madre de Jewell, papel por el que ha sido nominada para los Globos y los Oscar. Jon Hamm y Olivia Wilde aportan credibilidad a sus personajes, claramente los malos de la película. En resumen, una buena película, sin alardes.
Sam Mendes es un prestigioso director teatral inglés que debutó como director cinematográfico en 1999 con American Beauty. La película obtuvo ocho nominaciones al Oscar y ganó cinco, entre ellas mejor película y mejor director. También ganó varios Globos de oro y premios BAFTA. Un debut brillante que inició una carrera donde destacan Camino a la perdición (2002), Revolutionary road (2008) y los dos últimos títulos del agente 007. En muchas de sus películas ha contado con Richard Deakins como director de fotografía y Thomas Newman en la banda sonora al igual que en 1917, su octavo título. A falta de conocer las nominaciones a los Oscar, de momento ha sido elegida mejor drama y mejor director en los Globos de oro y será una de las favoritas, sin duda, para los Oscar de este año.
Primera Guerra Mundial. En el frente occidental, un general encomienda a dos jóvenes soldados británicos la misión de entregar un mensaje urgente y decisivo para evitar que un batallón caiga en una trampa. Para realizar esta misión deberán abandonar la trinchera a plena luz del día y avanzar por el campo francés ocupado por los alemanes. Si no llegan a tiempo, 1.600 soldados perderán la vida, entre ellos el hermano de uno de los dos soldados. En un extraordinario alarde de fotografía y montaje para desarrollar la historia aparentemente en un solo plano secuencia, Sam Mendes nos hace acompañar a los dos soldados en un recorrido lleno de muerte y destrucción por las trincheras y alambradas de los dos bandos, una ciudad fantasmal y destruida y un río lleno de cadáveres. La cámara los sigue permanentemente y nos introduce de forma total en su peripecia, haciéndonos sentir el horror de la situación. Todo ello en una exhibición de planificación del rodaje, necesitado de una coreografía y una hábil utilización de todo tipo de recursos. Es impresionante pensar en el esfuerzo que supone un rodaje de estas características. La pelicula está concebida como un homenaje a las experiencias de su abuelo Alfred H. Mendes quien le contó sobre sus experiencias como cabo en la Primera Guerra Mundial, así como los pintorescos personajes a los que conoció durante su servicio militar. Tenía 19 años cuando en 1917 se alistó en el Ejército británico. Debido a su baja estatura, fue elegido para hacer de mensajero en el frente. La neblina del territorio entre las trincheras aliadas y enemigas facilitaba que pudiera llevar mensajes lateralmente de un puesto a otro. Su altura suponía que no era visible para el enemigo. Creo que el gran protagonista de esta película es el director de fotografía, Roger Deakins, conocido sobre todo por su trabajo en las películas de los hermanos Coen, Denis Villeneuve y el propio Mendes. Ha ganado cuatro premios BAFTA y suma catorce candidaturas al Oscar, que ganó el año pasado porBlade runner 2049. La película nos narra una acción en la que nos recuerda el sinsentido y la barbaridad de una guerra. Nada nuevo. Lo destacable es la forma en que lo hace, aunque para ello prescinde de toda consideración en el desarrollo temporal de lo que narra, al condensar en las dos horas de película un viaje que dura más de una noche. En cualquier caso, una muy notable película, excelente formalmente, totalmente recomendable, asumiendo que se trata de una película bélica.
El llamado "Caso Dreyfus" conmocionó a Francia en los últimos años del siglo XIX. En enero de 1895, el capitán Alfred Dreyfus, un joven y prometedor oficial, fue degradado por espiar para Alemania y condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo. Se trataba de una falsa acusación basada en el sentimiento antisemitista y la necesidad del gobierno francés de lavar una imagen muy deteriorada. Tan solo la intervención del jefe del Servicio de inteligencia, Georges Picquart, y algunos intelectuales como Emile Zola consiguieron sacar a la luz la corrupción y las mentiras en nombre de la razón de estado y que Dreyfus fuera finalmente exonerado. Cuenta el director de esta película, Roman Polanski, que junto con el guionista Robert Harris empezaron a trabajar en la idea ocho años atrás. Cuando decidieron contar la historia desde el punto de vista del Coronel Picquart, uno de los personajes principales de la historia, Harris fue quien tras una intensa investigación escribió un libro que se convirtió primero en un Best seller y después en la base de la película. Presentada en el Festival de Venecia, la película obtuvo el gran premio del Jurado y el de FIPRESCI. Estuvo nominada a mejor película europea.
Entre los testigos que fueron responsables de la condena de Dreyfus se encuentra el coronel Georges Picquart (Jean Dujardin), encargado de dirigir la unidad que descubrió al espía. Cuando Picquart se entera de que se siguen pasando secretos militares a los alemanes, inicia una investigación en un entorno de mentiras y corrupción, poniendo en peligro su honor y su vida.
Al tratar el tema desde el punto de vista de Picquart, la película se convierte en una historia de intriga, contada de manera eficaz y clásica por Polanski, que se adentra en un mundo muy jerarquizado donde, al menos en este caso, domina la supuesta razón de estado sobre la verdad y la legalidad. Denuncia así un sistema corrompido, no solo por la intolerancia.
Se ha hablado, en este sentido, de que el director ha querido trazar un cierto paralelismo e identificación con el personaje de Dreyfus. El lo ha negado, y sin entrar en la realidad o no de esta acusación, me parece que esta identificación no tendría sentido.
La película es muy correcta y mantiene el interés aunque es conocido el desenlace. En mi opinión el personaje de Pauline Monnier, interpretado por Emmanuelle Seigner, la esposa del director. Un personaje que aporta poco a la historia y que da la sensación de que ha sido incluido, o al menos extendida su presencia, para facilitar su participación.
Destaca la interpretación de Jean Dujardin, al que recordamos especialmente en The artist (2011) película por la que gano numerosos premios, incluido el Oscar, como Picquart, pero en general todos los interpretes contribuyen al desarrollo de una intriga de denuncia política muy interesante y recomendable.
Una de las últimas películas que vi el año pasado fue Un asunto de familia, dirigida por el japonés Hirokazu Kore-eda. Una de las últimas películas que he visto este año ha sido otra dirigida por él, La verdad. Parece que las películas de este director nos llegan como regalo de Navidad, como el turrón. Y, como turrón, tengo que decir que me gustó más el del año pasado. Kore-eda es un director con presencia frecuente en los festivales de Cannes, Venecia y San Sebastián, donde ha cosechado diferentes premios. Su película Un asunto de familia fue candidata al Oscar en lengua no inglesa el año pasado y la que ahora comento inauguró el de Venecia este año. Sus últimas películas parecen centrarse en las relaciones familiares y el juego entre verdad y ficción. Al igual que otros directores asiáticos se ha incorporado a la producción occidental, siguiendo los pasos de directores tan notables como Ang Lee, o Asghar Farhadi, en esta coproducción entre Francia, Suiza y Japón.
Fabienne (Catherine Deneuve) es una estrella del cine francés, amada y alabada por todos los hombres que llegaron a formar parte de su vida. Cuando publica sus memorias, su hija Lumir (Juliette Binoche) regresa de Nueva York, donde vive con su familia. El reencuentro entre madre e hija no tardará en convertirse en un enfrentamiento: se revelarán verdades, se ajustarán cuentas, se hablará de amor y de resentimiento. ¿Que hace que una familia sea una familia? ¿La verdad o las mentiras? ¿Como se escoge entre una verdad cruel y una mentira bondadosa? Estas son las preguntas que, según dice, se hizo el director durante todo el rodaje, y a las que espera que cada espectador encuentre su propia respuesta. Da la sensación de que esas mismas preguntas son las que se ha hecho en sus últimas películas. Aquí desarrolla una trama donde se mezclan la vida real de Fabienne y el rodaje de una película en la que actúa. Cine dentro del cine o, como ahora se dice, construcción metafílmica. Verdad contra representación, algo que encontramos en la naturaleza del cine y que sirve aquí para reflexionar acerca de la vida y las relaciones entre una diva, su hija, su nieta y el entorno que la rodea, partiendo de unas memorias tan poco verdaderas como los recuerdos de las personas que en ella aparecen.
En el fondo lo que nos viene a decir la película es que hay muy poca diferencia entre la verdad y la mentira, porque lo que subyace es lo esencial y funciona por al margen de conflictos y recelos. En el fondo son dos caras de la misma moneda. La película se mueve alrededor de Catherine Deneuve que, aunque nunca me ha parecido una gran actriz, se desenvuelve como la gran dama que es, parodiándose a si misma. A su alrededor, como satelites, su hija, Juliette Binoche, su yerno, Ethan Hawke y su nieta, una niña que asume las fantasías de su abuela y comienza a desarrollar las suyas propias. Su marido actual, su agente y las actrices de la película que rueda. Y la presencia fantasmal de una competidora que parece haber marcado toda su trayectoria. Todo un mundo de personajes que se diluye ante la presencia de la diva. Y es lástima porque son personajes que podían dar mas de si. En cualquier caso, una película interesante y atractiva sobre el juego de la ficción. Bastante recomendable.
Helen Mirren e Ian Mc Kellen, dos sobresalientes y muy premiados actores británicos, juntos por primera vez cuando ambos han superado ya ampliamente los 70 años. Algo que podría justificar la visión de una película que, desgraciadamente, no aporta nada a las carreras de los dos actores.
Dirigida por Bill Condon director poco distinguido de películas como La bella y la bestia (2017) o El quinto poder (2013), que no consigue que La gran mentira pase de ser una película de intriga con un planteamiento aceptable que se va diluyendo en una desafortunada nadería. Es la adaptación de una novela de Nicholas Searle que parece que fue un best seller.
Roy Courtnay (Ian McKellen), un estafador "profesional", ha conocido online a la adinerada viuda Betty McLeish (Helen Mirren). Su objetivo es quedarse con toda su fortuna. Pero a medida que van conociéndose, lo que tenía que ser otra sencilla estafa en su carrera delictiva, se convierte en un juego peligroso por la presencia de un nieto de Betty. Como ya he dicho en la presentación, una trama un tanto previsible, con algunos giros que no evitan que a los tres cuartos de hora me desentendiera totalmente de su contenido. Una película merecedora de figurar en la programación de sobremesa de los fines de semana en las televisiones generalistas. Solo queda para el recuerdo la presencia de los dos protagonistas, especialmente de Helen Mirren..
Recuerdo haber leido Mujercitas muy joven. Era una novela considerada para jovencitas, como también su segunda parte, "Aquellas mujercitas" y otras secuelas como "Hombrecitos" y "Los muchachos de Jo". Todas las leí y aunque no recuerdo apenas nada de lo que pasaba, si guardo una buena impresión sobre ellas. Historias de iniciación, del paso a la vida adulta, que ofrecen diferentes lecturas según el momento y edad del lector. Posteriormente no vi ninguna de las diferentes (y abundantes) versiones que se hicieron para el cine, pese a que algunas de ellas están muy bien consideradas y fueron dirigidas e interpretadas por varios de los grandes nombres de la historia de cine. Prejuicios, supongo. Ahora se ha estrenado una nueva versión, dirigida por Greta Gerwig que también es la autora del guión. Greta Gerwig ha actuado en varias películas y se reveló como directora con Lady Bird. Ella y su pareja Noah Baumbach nos han ofrecido dos de las mejores películas de este año.
Massachusetts, mediados del siglo XIX; en Estados Unidos se vive la Guerra de secesión. Las hermanas March, Meg (Emma Watson), Beth (Eliza Scanlen), Jo (Saoirse Ronan) y Amy (Florence Pugh), se enfrentan al reto de llegar a la edad adulta, con el padre hospitalizado y una madre animosa (Laura Dern) que se sobrepone a las difíciles circunstancias.
No puedo determinar hasta que punto es fiel la adaptación. De hecho, no creo que eso sea importante. Greta Gerwig nos ofrece una visión de la novela de Louisa May Alcott con una óptica de nuestros dias, centrándose sobre todo en los personajes de Amy y, sobre todo de Jo a la que adorna con la que parece ser fue la idea determinante de la autora que se reflejó en ese personaje. "Las mujeres tienen mentes y almas, así como corazones, ambición y talento además de belleza, y estoy harta de que me digan que el amor es para lo único que una mujer es perfecta", dice Jo a su madre, en un momento de la película. Algo que entendemos tanto en los momentos actuales como en los que se desarrolla la historia.
Gerwig alterna la historia que se desarrolla en dos partes con siete años de diferencia. siendo la determinación de Jo el nexo de unión natural entre ambas. Asistimos a los recuerdos, momentos, aficiones y acontecimientos que marcan y definen a las hermanas March, cada una diferente pero unidas de forma inquebrantable, y a la vez nos ofrece una particular visión de las múltiples contradicciones de la vida. Una serie de conceptos enfrentados, dinero, arte, satisfacción personal, amor, ideales, realidad, familia y búsqueda de una vida propia e independiente
Todo esto está, sin duda, en la novela, pero me gusta como Gerwig lo traslada al guion y a la pantalla sin ñoñeria ni cursilería, manipulando los tiempos y consiguiendo transmitirlo con eficacia. Aunque las dos épocas en que transcurre la narración vienen diferenciadas por el tratamiento de la imagen, tengo que reconocer que en algún momento me sentí confundido, principalmente por el hecho de que los personajes no siempre muestran un cambio en su aspecto. Siete años se deberían notar más en alguna de las chicas. Gran parte de la eficacia de la narración se debe, sin duda, a la presencia de un elenco en el que destacan extraordinariamente Saoirse Ronan, Florence Pugh y Laura Dern.
En los últimos quince años, Noah Baumbach ha sido considerado una de las nuevas esperanzas del cine norteamericano junto a Wes Anderson (Gran Hotel Budapest), Spike Jonze (Her) y Alexander Payne (Nebraska). Iniciado en el cine independiente como guionista y director, tuvo su primer éxito en 2005 con The squid and the whale, aquí titulada Una historia de Brooklin, con la que ganó dos premios en Sundance, una nominación a los Oscar como guion original, tres a los Globos de oro y varias nominaciones y premios más. En esa película trataba el divorcio de sus padres, algo que le marcó en su adolescencia, hasta el punto de que las separaciones y las relaciones de pareja han sido tema de varias de sus películas. De sus películas he visto la mencionada Una historia de Brooklin, Frances Ha, y Mientras seamos jóvenes. Todas ellas interesantes pero ... Su matrimonio y posterior divorcio con la actriz Jennifer Jason Leigh parece haber influido mucho en la película objeto de este comentario. Actualmente es pareja de Greta Gerwig, actriz y prometedora directora (Lady Bird y Mujercitas, pendiente de estreno)
Nicole (Scarlett Johansson) es una actriz que dejó una prometedora carrera en el cine comercial para trabajar en la compañía teatral de su marido Charlie (Adam Driver), un director de teatro en pleno auge. Con un hijo de cinco años, la historia de amor de esta pareja se rompe. Ahora se trata de superar un divorcio que les lleva al extremo tanto en lo personal como en lo creativo. El cine, el teatro y la novela han tratado infinidad de veces la ruptura de una pareja. El deterioro de una relación es probable que sea el tema más tratado en los últimos cien años. Pero también es un tema que permite una gran cantidad de enfoques y tratamientos. Baumbach se mueve en una línea que me hizo recordar dos conocidas películas de éxito, Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) y, sobre todo, Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967). Una pareja de actores en estado de gracia, acompañados por unos excelentes secundarios (Laura Dern -enorme en su papel de abogada odiosa-, Alan Alda, Ray Liotta), unos personajes muy bien desarrollados, una historia que suena a realidad, unos buenos diálogos aunque en algunas frases parezcan estar escritos para provocar el aplauso del público. Una situación donde el amor que se han tenido y que todavía se tiene la pareja, a pesar de su intención de romper de forma amistosa, en cuanto salen a la luz los celos, los egoísmos, las traiciones, por la intervención de unos abogados y un sistema legal que parecen llevar a un comportamiento lo menos racional posible, se va haciendo cada vez más difícil y el hijo se convierte en un arma arrojadiza no deseada por ninguno de los dos. Como dice el director, “lo único de lo que son culpables estas dos personas es de no querer seguir casadas. Ambos quieren que su separación sea amigable. Todavía se aprecian y quieren lo mejor para su hijo. Pero de repente se ven absorbidos por una ‘industria del divorcio’ que funciona como una fábrica de confrontación”. Todo lo que ocurre en la película me pareció sincero, conectado a la realidad de una separación. Esos momentos en que la pareja se acerca, se ayuda o se consuela mutuamente son un reconocimiento de que el recuerdo perdurará incluso después de que los documentos hayan sido firmados. Y todo situado entre dos secuencias, la inicial y la final que me parecieron muy hermosas. Y en medio una discusión que les (y nos) hace comprender que su separación es tan absurda como inevitable.
Procedente de la ESCAC (escuela superior de cine y audiovisuales de Cataluña), Belén Funes ha sido ayudante de dirección de otra directora catalana, Mar Coll (Tres dias con la familia, 2009) y es autora de dos cortos, Sara a la fuga y La inutil. La hija de un ladrón es su primer largometraje. Estuvo entre lo más destacado en el pasado Festival de San Sebastián, donde Greta Fernández ganó la Concha de plata a la mejor actriz, Esta actriz ha sido nominada por este papel para los premios más importantes del cine español y la hemos podido ver en varias películas de éxito en los últimos años (Truman, No se decir adiós, Elisa y Marcela...). Es la primera vez que actúa junto a su padre, Eduard Fernández.
Sara ha estado sola toda su vida. Con 22 años y un bebé de seis meses, Sara tiene muy claro lo que quiere: trabajar, recuperar a su pareja y formar una familia normal con su hermano pequeño y el padre de su hijo. Lo único que le impide conseguirlo es su padre quien, tras años de ausencia y una larga estancia en la cárcel, decide reaparecer en la vida de su hija. Cuenta la directora que cuando rodaba un proyecto con internos de la prisión de Barcelona uno de los presos le explicó que tenía una hija de 17 años viviendo en un centro de acogida de menores ya que, al estar preso no podía hacerse cargo de ella y los servicios sociales se habían hecho cargo. Cuando cumpliera los 18 no podría seguir viviendo en el centro y tendría que buscar otro lugar para vivir. Después le confesó que su hija le odiaba. Esta hija se convirtió para la directora en una especie de heroína moderna, nunca formaría parte de la gente normal: de aquellos que tienen un hogar, una familia y un trabajo. vivir sola y sin referentes, salir a delante sin el amor verdadero de nadie y crecer entre asistentes sociales y abogados decidiendo qué va a ser de ti.
Esta historia le sirvió de inspiración para hacer su primer cortometraje, Sara a la Fuga, y que este largo se convirtiera en una especie de segunda parte en la vida de aquel personaje. Había un material muy valioso para hablar de la familia y del daño irreparable que los padres ejercen sobre los hijos, pero también para hacer un retrato social de la España actual. Sara, lucha para cambiar su vida y conseguir un futuro mejor para su bebé y su hermano pequeño. En los barrios obreros de las grandes ciudades, la gente lucha por prosperar mínimamente aunque la realidad es que el sueño de una vida sencilla se convierte en algo inalcanzable. Todo esto lo cuenta Belén con su cámara, siguiendo a su personaje a lo largo de las diversas situaciones de la película. Y lo cuenta bien. Un cine social, a la manera de un Ken Loach o los hermanos Dardenne, con unos personajes bien construidos e interpretados con naturalidad, totalmente creíbles. Y algunas situaciones de gran realismo. Sin embargo, eché en falta algo en su desarrollo, no sé el que, que me impidió entrar totalmente en la historia. Y es una pena porque me interesó y me parece una buena experiencia. Greta Fernández me gustó mucho, pero el que está superior, como es habitual en él, es Eduard, su padre en la realidad y en la ficción, que sabe mantenerse al margen pero que en todas sus escenas demuestra su calidad. También destaca Tomás Martín como el hermano rebelde. Otra buena película española en un año en el que nuestro cine sigue ofreciéndonos muestras muy notables.