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domingo, 27 de enero de 2019

Cine: GENTE QUE VIENE Y BAH


Laura Norton es, a pesar del apellido, una escritora española que ha firmado algunos "best sellers", novelas románticas dirigidas a mujeres jóvenes, cuyo modelo podría ser, quizá, Bridget Jones; mujer joven llena de complejos cuya vida sentimental está en perpetua crisis. Su primera novela No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, fue llevada al cine con dirección de Maria Ripoll en 2016 con Verónica Echegui como protagonista.

Gente que viene y bah es el primer largometraje que dirige Patricia Font, graduada en la ESCAC, escuela de cine y audiovisual de Cataluña, directora de un corto, Café para llevar, que ganó el Goya en 2014. 



La vida de Bea, una joven arquitecta, da un vuelco cuando descubre que su prometido, con el que comparte trabajo, se ha liado con una famosa presentadora de TV. Al perder novio y trabajo en el mismo día, Bea vuelve a la casa familiar en su pueblo natal, donde, además de un paisaje idílico, le espera un futuro incierto, su madre y sus hermanos, un tanto peculiares, y un atractivo vecino. 

Una historia de lo más convencional, que intenta modernizar a sus personajes para, en cualquier caso, enviar un mensaje un tanto conservador, pero eso si, puesto al dia: hay que disfrutar la vida, preocuparse por lo realmente importante y no dejarse vencer por las adversidades. Me recordó, en este sentido, a una comedia de hace un par de años, Señor dame paciencia.

La película cuenta con varios actores y, sobre todo, actrices populares. Clara Lago, Alexandra Jiménez, Carmen Maura y Alex García son los más conocidos, al menos para mi.

Película muy femenina tanto en su concepción como en el público al que se dirige, personajes excéntricos pero previsibles y de poco recorrido en su desarrollo. Un tipo de cine fundamentalmente comercial que, aunque está razonablemente bien realizado, me interesa muy poco y que dudo que, siquiera, sea un éxito de taquilla, a jusgar por la sesión a la que asistí.

 

lunes, 17 de octubre de 2016

Teatro: INCENDIOS


En el teatro de la Abadía se está representando Incendios, del libanés Wajdi Mouawad. Vivió en su Beirut natal hasta los ocho años. Allí, al comienzo de la guerra civil libanesa, vio cómo un autobús repleto de refugiados palestinos era acribillado por las milicias cristianas. Sus padres emigraron a París. Seis años después tuvieron que abandonar Francia. En Montreal, él y su familia corrieron mejor suerte. "En el exilio, tuve que buscarme algo con lo que recrear el espacio de felicidad de mi infancia, algo que volviera a ponerme en relación con la naturaleza", dice. Y ese algo fue el teatro. Empezó a dirigir, a actuar y a escribir. 

En 2009 presentó en el festival de Avignon  la columna vertebral de su trabajo: Littoral, Incendies y Fôrets, trilogía de once horas de duración, representada de sol a sol por actores canadienses y franceses, culminando con el estreno de Ciels, broche de lo que ya es una tetralogía, y estreno absoluto en Aviñón.

Incendios se presentó en Madrid, creo que en 2008, dirigida por el autor, y ha contado con alguna otra representación. También hubo un montaje en Barcelona en 2014. Y una película dirigida por Dennis Villeneuve que es lo que yo había visto. Por los comentarios y la película esperaba con expectación este montaje de Mario Gas con Nuria Espert, Ramón Barea y Laia Marull al frente. 

Ha respondido a lo esperado.



Tras permanecer en un silencio hermético durante cinco años, fallece Nawal. 
En su testamento, deja un mandato a sus hijos gemelos: han de buscar a su padre, al que creían muerto, y a un hermano cuya existencia ignoraban, y entregarles un sobre cerrado a cada uno. Los chicos no están por la labor, pero el deseo de desvelar su origen acabará por llevarles de regreso a su país natal, que no se nombra pero se intuye. Incendies cruza tres historias entroncadas: la de Nawal, desde que se quedó embarazada, con 15 años, hasta su muerte; la historia de ese primer hijo, de quien la separaron nada más nacer y a quien buscó durante toda su vida, y la historia de la nueva búsqueda, emprendida por sus gemelos. Pero con ser emocionante lo que Mouawad cuenta, lo que también importa es cómo lo cuenta: sin un tiempo muerto, sin un oscuro, solapando escenas.  Los protagonistas de una escena comparten espacio con los de la siguiente, en una especie de encadenado cinematográfico.

La obra nos remite a la tragedia clásica. Y como en ella, cuenta con algunas casualidades y excesos. Nawal es la mujer de cualquier país en guerra, humillada, violada e inseminada por el enemigo. Un texto lleno de crueldad, de belleza poética. Monólogos y diálogos conmovedores e intensos. 
  

Nawal es Nuria Espert y Laia Marull. Una Nuria Espert a la que en esta ocasión he visto menos diva que en las últimas ocasiones, entregada al papel. Laia Marull, que no me había terminado de gustar hace unos años como Hedda Gabler, aquí  confirma su calidad que ya conocía de películas como Te doy mis ojos o Pa negre. Junto a ellas destaca otro veterano, Ramón Barea, que interpreta varios personajes. A otro nivel, pero siempre correctos,  actores conocidos por series de TV, cine o teatro: Carlota Olcina (Amar en tiempos revueltos y Seis hermanas), Alex García (La novia), Alberto Iglesias (El largo viaje del dia hacia la noche), Edu Soto (Cabaret) y Lucía Barrado (La que se avecina, Carlos emperador) quizá la que mas me gustó en un personaje secundario pero conmovedor.

Por lo que sé, la puesta en escena de Mario Gas sigue la del autor. Me pareció muy adecuada, utilizando proyecciones que, en algunos momentos, complementan la narración. 

La escena final es digna de la mejor tragedia clásica. El notario Hermile Lebel comienza a tender una lona traslúcida para resguardarse de una lluvia repentina y persistente, y los demás personajes se van poniendo a su lado, uno a uno. Excepto el moralmente monstruoso Nihad. Por un instante eterno, ese grupo compacto queda como congelado. Nihad, fuera de la lona, gira la cabeza hacia ellos, se les acerca, y se pone también a cubierto. En esa imagen fija y muda del grupo bajo la lluvia cristalizan las palabras póstumas de Nawal, pronunciadas por el notario al inicio del espectáculo: "Ahora que estamos juntos, todo va mejor". Emocionante y conmovedor.

La verdad es que la obra da para escribir mucho más sobre ella. A mi modo de ver, podría acortarse un poco (dura tres horas), pero es de lo mejor que he visto en bastante tiempo.

Las entradas están agotadas para todas las funciones, pero la obra volverá en junio. Un consejo, No os la perdáis.

miércoles, 15 de junio de 2016

Cine: KIKI. EL AMOR SE HACE





Paco Leon es, con seguridad, uno de los actores españoles más populares desde su aparición en la serie de TV Aida, en el personaje de Luisma, al que Ruiz Mantilla define en El Pais como "un yonqui entre pillo e inocente". Y a partir de esa imagen, su salto al mundo del espectáculo, en el cine y en el music hall a la española, hasta llegar al teatro de la Zarzuela con esa versión de Miguel del Arco que ha levantado tanto entusiasmo como repulsa.
En 2011 se estrenaba en la dirección cinematográfica con Carmina o revienta que completaba en 2014 con Carmina y amén, dos documentos sobre su familia centrados en la figura de su madre. Vi la primera y no me interesó a pesar de su frescura y espontaneidad.
Con Kiki, el amor se hace, entra de lleno en el mundo de la ficción, aunque podría pensarse que se trata de un documento sociológico.

En El país se ha publicado una columna firmada por Jesús Ruiz Mantilla que, en mi opinión, define bastante bien lo que Paco León representa. Así dice: "Se equivocan quienes han tomado a la ligera a Paco León. Su habilidad para trascender lo anecdótico y auparse a fenómeno de masas asombra. Hablamos de un artista capaz de ennoblecer la vía del costumbrismo y elevarla con naturalidad a los altares de la gran provocación intelectual.  Es el cómico que merecemos en estos tiempos de escarnio. Mirada limpia, discurso corrosivo pero fuera de lo alternativo. Una sabia y comprometida manera de sacar partido a esa ventaja inocua y descafeinada para la mayoría de lo que dan en llamar popularidad".    He aquí el enlace para leer la columna completa.






Cinco historias de amor y curiosas filias sexuales coinciden en el verano madrileño. Formas particulares de obtener placer que descubren nuestros protagonistas, pero para disfrutarlas tendrán que decidir cómo integrarlas en sus vidas. Sus sentimientos, sus miedos y sobre todo su sexualidad se transforman rompiendo tabúes, adentrándose en una etapa nueva, emocionante y libre donde no se reniega ni del placer ni del amor. 

 Se trata de una adaptación de una película australiana The little death  (pequeña muerte) que es como los franceses llaman al orgasmo. 

Alex García (al que hemos visto en La novia)  intentará satisfacer la harpaxofilía (placer al ser robado con violencia) de Natalia de Molina (reciente Goya por Techo y comida).
Candela Peña descubrirá la dacrifilia por la que se excita al hacer llorar a su marido (Luis Callejo) lo que le facilitará quedar embarazada.
Luis Bermejo (Magical girl), un cirujano plástico, descubre su somnofilia, excitación por alguien dormido, y recupera la pasión por su mujer, impedida tras un accidente.
Alexandra Jiménez tiene elifilia, se excita con determinados tejidos. Una llamada atendida en el call center donde trabaja, le cambiará la vida.
Y Paco León, Ana Katz y Belén Cuesta forman un trío en el que se desatan los deseos ocultos.

Una serie de historias muy irregulares que dan lugar a una película agradable, muy abierta en su lenguaje sexual, pero muy contenida en su imagen; es mucho más lo que se dice que lo que se ve. Y que utiliza unas extrañas filias sexuales para reivindicar la libertad, la diversidad y el sexo como algo muy positivo y natural.

Una comedia aceptable, fresca, con buenos actores y una notable carga sexual, sin caer en lo chabacano, aunque lo roce en algún momento.