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jueves, 3 de mayo de 2018

Teatro: EL CONCIERTO DE SAN OVIDIO


Aunque con algo de retraso, el CDN ha querido rendir homenaje a Antonio Buero Vallejo en el centenario de su nacimiento. Para ello ha programado El concierto de San Ovidio, una obra estrenada en 1962, cuando su teatro se estrena ya
en el extranjero y empieza a ser reconocido tanto en Europa como en España, donde se había convertido en uno de los más valorados autores teatrales hasta ser considerado el más importante de la segunda mitad del siglo XX. Se estrenó en el Teatro Goya de Madrid en noviembre de ese año, dirigida por José Osuna y con José María Rodero y Luisa Sala como protagonistas. El responsable de este montaje es Mario Gas. Entre sus últimos trabajos de teatro cabe destacar Incendios, de Wajdi Mouawad, Sócrates, de Gas y A. Iglesias, Invernadero, de Harold Pinter, y Muerte de un viajante, de Arthur Miller




Desarrollada en un hospicio del París de 1771,  Valindin, un negociante, consigue que la monja que regenta la institución permita que, a cambio de doscientas libras, seis mendigos ciegos que allí se acogen puedan tocar instrumentos musicales en la inminente fiesta de San Ovidio. Al contrario de lo que los pobres ciegos se piensan, Valindin no es su salvador, sino que lo único que busca es aprovecharse de su condición de ciegos para ridiculizarlos y sacar beneficio económico de la situación. Ésta se complica cuando uno de los ciegos y la mujer que vive con Valindin se enamoran.

El concierto de San Ovidio viene a replantear el tema de la ceguera, que ya había tratado, si bien en circunstancias distintas, En la ardiente oscuridad

Esta obra pone de manifiesto su dominio de la construcción dramática, su fuerza simbólica, su compromiso social y su hondura moral. El autor calificó de parábola esta obra que situó en el París de 1771 y que se inspira en algunos personajes y referencias históricos. En efecto, uno de los personajes es Valentín Haüy quien reprueba la burla y se enfrenta con Valindin, sin éxito. Haüy  fue una persona real y es cierto que un episodio como el que se cuenta en la obra le
decidió a trabajar en favor de la educación de los ciegos. En 1771, presenció una representación interpretada por niños ciegos con ocasión de la Feria de San Ovidio en la plaza de la Concordia de París (por entonces, plaza Luis XV). Quedó tan dolido por la actitud burlona del público que decidió fundar una escuela para ciegos.  Su gran idea fue el modo de hacer leer a los ciegos mediante caracteres especiales en lo que sería la génesis del sistema Braille. 

La historia de los músicos ciegos explotados y convertidos en ridículos personajes por un empresario sin escrúpulos constituye un alegato contra la explotación y un canto a la dignidad humana y a los esfuerzos de quienes luchan por cambiar el signo de su destino. Nos habla de los abusos de poder, la humillación del diferente, la necesidad de remediar las injusticias... 


La puesta en escena de Mario Gas explota las múltiples posibilidades que ofrecen los teatros actualmente, con proyecciones sobre los muros que potencian la escenografía y un vídeo que ofrece la actuación de los ciegos, las reacciones de su público y la presencia de Valentin Haüy. Un recurso poco teatral pero efectivo. 

Pero en lo que hace al resto de la puesta en escena y, en especial, a los intérpretes, es teatro de lo más convencional. Buena escenografía e iluminación. Un acierto la utilización de las sombras en la escena entre Valindin y el ciego David. Y no me gustó que vuelva a utilizar el vídeo en el epílogo, por otra parte prescindible, de la obra. 


Alberto Iglesias es David. Creo que en su interpretación esta influido por el recuerdo de José María Rodero. En ocasiones su entonación me lo recordaba. 



Valindin es José Luis Alcobendas y Adriana, Lucía Barrado. A todos ellos les pudimos ver en Incendios y algún otro montaje, en general con mejor recuerdo. En cualquier caso todo el elenco cumple adecuadamente y el espectáculo vale la pena.





lunes, 17 de octubre de 2016

Teatro: INCENDIOS


En el teatro de la Abadía se está representando Incendios, del libanés Wajdi Mouawad. Vivió en su Beirut natal hasta los ocho años. Allí, al comienzo de la guerra civil libanesa, vio cómo un autobús repleto de refugiados palestinos era acribillado por las milicias cristianas. Sus padres emigraron a París. Seis años después tuvieron que abandonar Francia. En Montreal, él y su familia corrieron mejor suerte. "En el exilio, tuve que buscarme algo con lo que recrear el espacio de felicidad de mi infancia, algo que volviera a ponerme en relación con la naturaleza", dice. Y ese algo fue el teatro. Empezó a dirigir, a actuar y a escribir. 

En 2009 presentó en el festival de Avignon  la columna vertebral de su trabajo: Littoral, Incendies y Fôrets, trilogía de once horas de duración, representada de sol a sol por actores canadienses y franceses, culminando con el estreno de Ciels, broche de lo que ya es una tetralogía, y estreno absoluto en Aviñón.

Incendios se presentó en Madrid, creo que en 2008, dirigida por el autor, y ha contado con alguna otra representación. También hubo un montaje en Barcelona en 2014. Y una película dirigida por Dennis Villeneuve que es lo que yo había visto. Por los comentarios y la película esperaba con expectación este montaje de Mario Gas con Nuria Espert, Ramón Barea y Laia Marull al frente. 

Ha respondido a lo esperado.



Tras permanecer en un silencio hermético durante cinco años, fallece Nawal. 
En su testamento, deja un mandato a sus hijos gemelos: han de buscar a su padre, al que creían muerto, y a un hermano cuya existencia ignoraban, y entregarles un sobre cerrado a cada uno. Los chicos no están por la labor, pero el deseo de desvelar su origen acabará por llevarles de regreso a su país natal, que no se nombra pero se intuye. Incendies cruza tres historias entroncadas: la de Nawal, desde que se quedó embarazada, con 15 años, hasta su muerte; la historia de ese primer hijo, de quien la separaron nada más nacer y a quien buscó durante toda su vida, y la historia de la nueva búsqueda, emprendida por sus gemelos. Pero con ser emocionante lo que Mouawad cuenta, lo que también importa es cómo lo cuenta: sin un tiempo muerto, sin un oscuro, solapando escenas.  Los protagonistas de una escena comparten espacio con los de la siguiente, en una especie de encadenado cinematográfico.

La obra nos remite a la tragedia clásica. Y como en ella, cuenta con algunas casualidades y excesos. Nawal es la mujer de cualquier país en guerra, humillada, violada e inseminada por el enemigo. Un texto lleno de crueldad, de belleza poética. Monólogos y diálogos conmovedores e intensos. 
  

Nawal es Nuria Espert y Laia Marull. Una Nuria Espert a la que en esta ocasión he visto menos diva que en las últimas ocasiones, entregada al papel. Laia Marull, que no me había terminado de gustar hace unos años como Hedda Gabler, aquí  confirma su calidad que ya conocía de películas como Te doy mis ojos o Pa negre. Junto a ellas destaca otro veterano, Ramón Barea, que interpreta varios personajes. A otro nivel, pero siempre correctos,  actores conocidos por series de TV, cine o teatro: Carlota Olcina (Amar en tiempos revueltos y Seis hermanas), Alex García (La novia), Alberto Iglesias (El largo viaje del dia hacia la noche), Edu Soto (Cabaret) y Lucía Barrado (La que se avecina, Carlos emperador) quizá la que mas me gustó en un personaje secundario pero conmovedor.

Por lo que sé, la puesta en escena de Mario Gas sigue la del autor. Me pareció muy adecuada, utilizando proyecciones que, en algunos momentos, complementan la narración. 

La escena final es digna de la mejor tragedia clásica. El notario Hermile Lebel comienza a tender una lona traslúcida para resguardarse de una lluvia repentina y persistente, y los demás personajes se van poniendo a su lado, uno a uno. Excepto el moralmente monstruoso Nihad. Por un instante eterno, ese grupo compacto queda como congelado. Nihad, fuera de la lona, gira la cabeza hacia ellos, se les acerca, y se pone también a cubierto. En esa imagen fija y muda del grupo bajo la lluvia cristalizan las palabras póstumas de Nawal, pronunciadas por el notario al inicio del espectáculo: "Ahora que estamos juntos, todo va mejor". Emocionante y conmovedor.

La verdad es que la obra da para escribir mucho más sobre ella. A mi modo de ver, podría acortarse un poco (dura tres horas), pero es de lo mejor que he visto en bastante tiempo.

Las entradas están agotadas para todas las funciones, pero la obra volverá en junio. Un consejo, No os la perdáis.